Fallece en Soatá el más valiente de los soldados de la campaña libertadora

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De acuerdo con el autor de la presente nota, los restos del protagonista de esta historia, reposan en en esta catedral. Foto | Hisrael Garzonroa
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Por: Helman Ricardo Pérez Gallo / [email protected]

Breve retazo de historia 

Eran los difíciles años de 1812 a 1819 en la Nueva Granada, cuando la sangre de los hombres y mujeres que combatían corría a raudales, tanto de las fuerzas independentistas como la de aquellos que querían mantener el dominio español en sus colonias americanas. Tiempos terribles fueron aquellos, porque necesariamente se tenía que tomar partido por alguno de los dos bandos en contienda a muerte. La libertad o la opresión estaban en lucha. 

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Y, para fortuna de la causa liderada por el Libertador Simón Bolívar, de las tierras casanareñas, más exactamente del pueblo de La Santísima Trinidad del Pauto, surgió el más arrojado y valiente de los soldados de la campaña libertadora: Ramón Nonato Pérez, guerrero y sagaz como el que más. Ninguno de los hombres de aquellas calendas tenía tal intrepidez y temeridad en el combate, puesto que su lema era vencer o morir. Así lo demostró en las diferentes batallas en las que participó, entre ellas, las de Chire, Betoyes, Guadualito, Setenta y muchas otras, cuando era siempre el primero en partir contra el enemigo lanza en ristre y trabuco en el petrel. 

Su ingreso a la vida militar como soldado raso la inicia en los albores de los años 1800, en las hermosas e inmensas llanuras del Casanare, de donde era raizal. Poco a poco, su personalidad arrolladora y agresiva, lo fue destacando dentro de sus iguales, despuntándolo en grados y honores militares. En las escaramuzas o encuentros con tropas enemigas sobresalía de manera sin igual, ofrendando su vida en los combates de una manera harto temeraria, que impresionaba, incluso, hasta sus propios contrarios. Estos actos de arrojo y valentía, le fueron granjeando ascendencia y respeto dentro de su tropa, que lo convertiría, con el transcurrir del tiempo, a ojos de sus paisanos, en el verdadero centauro de los lanceros de las pampas criollas. Su promoción la había alcanzado a pulso, entre bizarros hombres, mereciéndose el grado de coronel de los Ejércitos Libertadores. 

Pero cierto también es el hecho que Ramón Nonato Pérez no se destacaba precisamente por su disciplina y don de mando. Bastantes dificultades tenía al dirigir a sus hombres, ya que por principio razonaba que sus subordinados debían emular sus temerarios actos en las contiendas, desconociendo ciertamente que la valentía no está impresa en todos los corazones, lo que le conllevó múltiples dificultades en sus labores de mando. Eran además frecuentes también ciertos actos de rebeldía de su parte, al no admitir órdenes que le eran impartidas ya que las consideraba contrarias a sus premisas. 

De sus épicas acciones, narra la historia, que encontrándose Ramón Nonato Pérez cierta tarde cerca de las riberas del río Pauto, acompañado solamente de su lanza y su inseparable trabuco, pasó por allí casualmente una partida de doce soldados realistas del Batallón Dragones al servicio del Rey de España, de las huestes del general Enrile y que al ver en tal estado de soledad e indefensión a tan odiado enemigo, espolearon sus monturas en pos de tan anhelada presa, pues su fama de soldado sin igual ya había trascendido entre las fuerzas realistas. Comienza la lucha y en tal desigual combate, cuatro fueron los cadáveres de los atacantes españoles que allí quedaron lanceados por la fuerza de este valiente soldado de la Patria y, los restantes, salieron volando como alma que lleva el diablo para salvar sus vidas. 

Luego del difícil paso por el páramo de Pisba, en la travesía que partió de Venezuela y que llenó de gloria al ejército libertador, y donde muchos lanceros desistieron y volvieron monturas para su llanura, arriban las huestes al centro de Boyacá; entre sus filas se encuentra, indudablemente, el coronel Ramón Nonato Pérez, quien combate en las primeras ofensivas surtidas al interior del país, acaecida, en las llamadas Piedras de Gámeza. Luego, de allí, pasan los ejércitos libertadores al sitio conocido como Bonza, en las afueras de lo que hoy es la ciudad de Duitama, en donde se desarrollan, de una manera verdaderamente infeliz, los hechos que acabaron con la vida de nuestro citado héroe. 

A dicho sitio, llegaban las ayudas que los ciudadanos patriotas le brindaban a Bolívar, entre las que arribaron procedentes del municipio de La Uvita, una partida de caballos salvajes, para reponer las muchas pérdidas de equinos sufridas en la travesía del páramo de Pisba. Se requería, en consecuencia y con urgencia, domar dichos animales para que sirvieran y participaran de las futuras batallas por venir. Para ello se prestó gustoso, dadas sus cualidades innatas de centauro y domador, Ramón Nonato, quien, para su infortunio, fue duramente maltratado por uno de estos equinos, lo sacudió con tanta brutalidad y fortaleza que lo arrojó por los aires, causándole traumas de mucha consideración y postrándolo en muy mal estado de salud. Temiendo Bolívar, perder a tan valioso soldado, consultó con su estado mayor el sitio más adecuado para que se repusiera en su salud; habiéndose concluido que por su cercanía, clima y temperamento lo más indicado era trasladarlo a Soatá, a donde arribó efectivamente en los primeros días del mes de julio de 1819, siendo atendido, irónicamente, por un médico español, de apellido Cordero, a quien se le atribuyó el hecho de haberlo envenenado. 

Es pertinente precisar para la historia, que varios de estos caballares que arribaron a Bonza, cuartel general del ejército de Santander y Bolívar, procedentes de las tierras norteñas, y más concretamente del municipio de La Uvita, fueron los que posteriormente participaron y decidieron favorablemente la Batalla del Pantano de Vargas, liderados por el patriota Juan José Rondón, cuando Bolívar lo arengó: “Coronel Salve usted la patria.”, y que hoy en día están forjados en bronce en la bella escultura que en dicho sitio reposa, obra del genial maestro Arenas Betancourt. 

Luego de arribar nuestro infortunado héroe al municipio de Soatá y soportar un doloroso padecimiento, no fueron suficientes las atenciones y cuidados brindados, y finalmente fallece el 19 de septiembre de 1819, siendo sepultado, con todos los honores, en lo que hoy es la puerta de la Capilla del Rosario de la Iglesia Catedral de Soatá, donde a la fecha aún reposan sus restos. La suerte corrida por el médico que lo atendió no fue diferente a la de él, ya que, al saberse la muerte de Ramón Nonato Pérez, y conocida la suerte del triunfo de Bolívar sobre Barreiro en la Batalla del Puente de Boyacá, el médico intentó huir y llegando a lo que hoy es el municipio de Tipacoque, fue ultimado a lanzazos, dadas las sospechas de un probable envenenamiento. 

Es innegable que la triste suerte corrida por este valeroso hombre a la fecha aún continua, dado el silencioso y total abandono que sobre su tumba pesa, sin que autoridad o academia alguna hayan hecho algo para reconocerle su épico pasado de verdadero héroe de la independencia de nuestra amada Patria. Desde esta humilde tribuna, a mis posibles lectores y, especialmente a la Academia Boyacense de Historia, a la Gobernación de Casanare y a la municipalidad de La Trinidad, hago votos para que obren en consecuencia y reivindiquen a este ilustre ciudadano al que le están debiendo todo en la historia y le den el pedestal que a la fecha le han negado.    

1 COMENTARIO

  1. Excelente artículo, registra de manera brillante la vida de uno de los combatientes durante la batalla libertadora, permite al lector adentrarse en los episodios narrados y mantenerlo atento de la vida y situaciones vividas por Ramón Nonato Pérez, como cuando debió enfrentarse sólo a varios soldados, logrando culminar la vida de 4 de éstos y los demás salir huidos del miedo ante la valentía de nuestro aguerrido combatiente, tan feroz era en batalla que no le era posible liderar a los demás, ya que el miedo les impedía ser tan valientes y entregados como el. Gracias por enamorarme de la historia olvidada de nuestros próceres.

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