Esta columna podría haber sido un tuit

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Por | Darío Rodríguez

El caso es que se lleva a cabo el seminario Pablo Montoya, en el cual se estudian las relaciones entre diversas artes con algunas novelas del escritor Pablo Montoya, Pablo Montoya como profesor, dentro de los programas de Comunicaciones y Filología de la Universidad de Antioquia. Nadie, ningún directivo de la universidad, ni los estudiantes, ni colega alguno del autor de ‘La sombra de Orión’ impidió, en la vida real, la realización de ese narcisista curso académico.

La sola existencia del seminario – que, según el propio Montoya en declaraciones a El Espectador, se imparte desde hace dos años – hubiese podido ser cuestionada, incluso rediseñada o clausurada, gracias a algún organismo regulador de pensums y currículos. El Ministerio de Educación, por ejemplo. Pero no. A ninguna instancia con poder auténtico para equilibrar este tipo de seminarios pareció siquiera inquietarle que se realice (¿se escenifique?) una clase solipsista y autorreferencial como la de Pablo Montoya acerca de la obra de Pablo Montoya.

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La indignación se manifestó en Twitter, el arcano de la rabia colombiana. En su cuenta de esa red social la escritora Carolina Sanín se sirve de la burla y la denuncia a Pablo Montoya para lanzar uno de esos misiles antiaéreos, tan suyos, consistentes en usar una temática aberrante con el fin de desplazar el eje de la discusión a otros planos, si se quiere más polémicos: las tretas malignas y masculinas en el mundo académico, la conducta patriarcal en los estudios literarios. A la sátira feroz de la autora de ‘Ponqué y otros cuentos’ se sumaron sus seguidores y comentaristas, a cual más burlón y crudo. El problema del curso de Montoya se convirtió en el tradicional barrilete de insultos y denuestos que distingue a Twitter. Y casi en nada más, porque a los dos o tres días de la lapidación continua al escritor, a sus obras completas, a la universidad, al país, al destino (puesto que permitió el nacimiento biológico de Pablo Montoya), a la historia patria y a Occidente, se saltó a otros temas con mayor interés de matoneo y mofa. El asunto del seminario, ya al final de esta semana, está olvidándose.  

A través de Twitter puede estimularse la caída de un general del ejército, de una ministra. Pero este efecto demoledor no es igual de efectivo si lo que se quiere es poner en cuestión un singular descalabro académico: en el fondo estas problemáticas les tienen absolutamente sin cuidado a la mayoría de los ciudadanos. Siempre resulta más divertido, y es más rápido, echarles bultos de estiércol a personajes desenfocados o con una desproporcionada visión de sí mismos y de lo que hacen.

Afuera de los tuits y del insulto veloz e ingenioso, sobre la superficie de lo real, nada cambia una virulenta controversia como la citada. Y es grave que esto suceda pues quien paga los platos rotos es la academia misma, los propios estudios literarios en universidades colombianas – a cuyas directivas les vale un pepino lo que se escriba en Twitter; están dedicados a afianzar su poder de cualquier manera – que siguen su senda, en ocasiones miserable, remando entre las aguas turbias de la mermada calidad intelectual.  

En el ámbito de la universidad  anglosajona – sobre todo en la de los Estados Unidos – cursos similares a los de Pablo Montoya son habituales y le agregan un elevado prestigio a la institución que los ofrece. Son célebres los de Julio Cortázar en Berkeley, Mario Vargas Llosa en Princeton o las legendarias Charles Eliot Norton Lectures de Harvard, donde una autora o un autor puede, si así lo desea, disertar acerca de cómo escribió algunos de sus libros. Quizás a la luz de los parámetros de la Universidad de Antioquia no es sospechoso ni raro que un novelista exitoso, docente de ese mismo plantel, dicte unas clases alrededor de su propia producción. Lo insólito es que no se supervisen los límites de esta cátedra, que aspectos como el hecho de ser obligatoria o de que la piedra angular de esa enseñanza esté controlada, y calificada, por el autor que se está estudiando, sean vistos como algo inofensivo, inclusive natural.

Y para ejercer una auditoría en esa materia Twitter y sus soldados son insuficientes o, con franqueza, inútiles.   

Esta columna podría haber sido un trino, un tuit. Aparte de proponer una visión desde la literatura a una pugna que terminó por volverse insulsa, poco más alcanza a lograr.

Por otra parte es un alivio que ninguno de los directos implicados en ella vayan a leerla. Ni Pablo Montoya, ni Carolina Sanín, ni los decanos de Comunicaciones, de Filología, ningún funcionario del Ministerio de Educación, Y si la leen – otro alivio – le endilgarán el desdén y el desconocimiento que toda columna provinciana, a decir verdad todo tuit, llevan consigo desde el momento en que se publican.

Habrá que volver a las elecciones presidenciales, a la farándula, a la inoperancia total del gobierno nacional. Las temáticas que de veras importan.   

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