La historia olvidada del médico empírico que estafó por toda Colombia

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Por: Helman Ricardo Pérez Gallo – [email protected]

La vida apacible y monótona de la ciudad de Santa Fe de Bogotá del año 1872 se vio repentinamente alterada cuando corrió la noticia de la llegada del sur del país del célebre brujo y médico empírico Miguel Perdomo Neira, su fama y notoriedad lo antecedía. Su arribo causo revuelo general, una cabalgata lo precedía, seguido y rodeado por un gran populacho, de todas las clases sociales, pero principalmente se reportaban todos los enfermos: leprosos, llaguientos, tullidos, lisiados, mutilados y paralíticos de la región. Todos gritaban ¡Viva el doctor Miguel Perdomo Neira! Algunos incluso se atrevían y lanzaban expresiones amenazantes y ofensivas a los médicos de la ciudad, teles como: ¡Que mueran los médicos!

¡Que cierren los hospitales!

De Perdomo se decía que luego de abandonar la milicia, se internó solo en la inmensa selva colombo-brasileña durante muchos años, allí vivió con tribus salvajes y que de ellos había aprendido las propiedades de ciertas plantas que poseían poderosas cualidades de manera que podía efectuar operaciones quirúrgicas “sin que los pacientes experimentaran dolor alguno y sin que de las venas y arterías cortadas saliera una sola gota de sangre”. En términos generales, que era él la personificación de la divinidad, la maravilla de la medicina, la génesis de la perpetuidad humana. Muchas poblaciones y departamentos del país, se empezaron a disputar el honor que su tierra era quien había parido tal prodigio. Pero al parecer, el pueblo de Totoró, del departamento del Cauca, según documentos de la época, era la patria chica de nuestro afamado estafador.

Siguiendo con nuestra narración, tenemos que nuestro personaje una vez llegado a la mustia Santa Fe de Bogotá, abrió su consultorio “médico-quirúrgico y farmacéutico” inmediatamente, para beneplácito y alegría de unos, especialmente de enfermos y lisiados e inquina y aversión de otros, fundamentalmente de médicos, intelectuales y farmacéuticos de la época. La población acudió en masa, esperando con ansiedad ser atendidos y obtener los curas milagrosos que prometía. Grande si demostró Perdomo Neira que era su capacidad de trabajo, sin lugar a dudas, porque en escasos treinta días de labores recetó a la no despreciable cantidad de 2.318 enfermos. Y eso que solamente laboraba ocho horas diarias. ¡Asombroso!.

Así las cosas, la novedad reinante en Colombia era Perdomo Neira y sus curaciones. Cuando éste salía a la calle, era seguido por una gran multitud, y sus más entusiastas seguidores se dieron a la asombrosa e inusual tarea de buscar por la ciudad y por todos los pueblos circunvecinos a cuanto cotudo (bocio) encontraran o al menos a otros que tuvieran alguna protuberancia o desperfecto corporal en su naturaleza humana a fin de llevarlos, incluso contra su propia voluntad, y a la fuerza si era preciso, ante el médico prodigio para que este los operara. Es así que los pocos cotudos que comprendieron fugazmente que tal cosa no era tan buena, ni tan cierta, buscaron la manera de no dejarse degollar vivos por este médico maravilla y emprendieron las de villadiego, partieron presurosos hacía otras latitudes o cuando menos se escondieron donde mejor

pudieron y así, créanlo o no, lograron salvar sus vidas. Claro está que fueron realmente muy pocos los cotudos a los que se les ilumino la mollera y muchos pasaron por el bisturí de nuestro referido cirujano.

Pero veamos ahora cómo era la famosa consulta y su formulación a los ingenuos enfermos de aquellas épocas: Llegaban como borreguitos y atolondrados; Perdomo con solo mirarlos y preguntarles: –Qué padece mi señor-, ellos le murmuraban brevemente sus dolencias, y éste sin premura les recetaba invariablemente el remedio, el cual consistía en uno de los cuatro bebedizos que previamente había preparado en abundancia; es decir, la droguería de Perdomo Neira consistía realmente en cuatro pócimas, que, válgame Dios, solo él sabría que yerbas o demás menjurjes contenían, y que exóticamente bautizó como “La Chispa Eléctrica”, “El Toro”, “El Trueno” y “El Calmante”.

Y ahora sí, ni que hablar de las consecuencias de tan nefastos remedios, que en esencia eran realmente poderosísimos vomitivos, ya que al poco tiempo de consumirlos el paciente sentía tan fuerte sacudida en su cuerpo que muchos rodaban por el suelo, temblaban, los ojos se salían de su órbita, las extremidades crispadas y con fuertes convulsiones. Es decir, comenzaba Cristo a padecer. Parecían volcanes en erupción, tanto por lo que emanaba de sus bocas y narices como por el ruido atronador que producían, se contorsionaban, gemían, lloraban, maldecían y eso solo era el prólogo de la supuesta curación. Nuestro amable lector podrá imaginar la visión de dicho acto en su conjunto, ya que eran por cientos las personas atendidas por Perdomo. Se asemejaba más un campo de batalla luego de terminado el combate: Cuerpos convulsionando y tirados por el suelo.

Solo así, y en tan desdichado trance, los pacientes comprendían la bestialidad que habían cometido, entendían su absoluta ignorancia y maldecían el engaño a que fueron sometidos por el desgraciado brujo, embaucador y bribón, y de contera necesariamente debieron acudir a los verdaderos médicos, del que hacía muy poco despreciaban y denigraban, para recuperar su salud, ya que los efectos de las drogas milagrosas ingeridas perduraban más de tres meses, ya que lo poco o mucho que lograban comer eran inmediatamente vomitado. El suplicio continuaba.

Nuestro citado nigromante, luego de las maravillas dejadas en la ciudad capital, de estafar a cuanto incauto pudo, dispuso levantar telones y encaminar sus pasos, para desgracia de nuestros tatarabuelos, hacia nuestra tierrita querida, hacía Boyacá, concretamente arribo a la ciudad de Tunja, y sentó su base de operaciones en lo que hoy es el barrio Las Nieves, en predios de la familia Páez, y como es de lógico suponer, al correrse el rumor de su llegada, arribaron los habitantes de las poblaciones vecinas, principalmente de Paipa, Chiquinquirá, Duitama, Sogamoso y aún de la lejana Soatá. Desconocían los suplicios y penas que les esperaban. Pero eso lo dejamos para otra historia, por cuanto, créanlo o no, aun si sugiera otro Perdomo Neira, correríamos por sus remedios.

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