El mosco

Por | Silvio Avendaño

Y de pronto, quienes escuchaban la disertación se levantaron y abandonaron el recinto, a la voz:

– ¡El mosco! ¡El mosco!

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Los conferencistas desconcertados miraron el espacio y no vieron ningún insecto. El temor se apoderó de ellos porque se encontraban ante la cercanía del mosco anopheles, causante del paludismo. La sala de conferencias vacía. Solo se escuchaba un ruido, la gritería de los asistentes que se alejaban.

 Habían partido el día anterior los profesores, desde la capital departamental, hacia el centro formador de maestros. El ómnibus emprendió la larga travesía, no por la distancia sino por la dificultad en la carretera: los derrumbes, baches e inundaciones. -Un viaje muy largo para esto- dijo uno de los docentes confuso.

 El colectivo avanzó veloz por la carretera Panamericana hasta que se desvió por una vía angosta y pedregosa. El automotor atravesó un pueblo de calles solitarias. No hubo paradas ni complicaciones, atrás quedaron las casuchas y se inició el ascenso por un camino despoblado. Los pasajeros sacaron los sacos de lana, las ruanas, los abrigos, pues el frío se hizo presente. La cuesta se tornó pronunciada y la vegetación cambió del verde fresco hacia un tono oscuro. Las siembras de papa, maíz y hortalizas cuajaban en el rosario de montañas. Un poco más allá vieron una danta. Más la cuesta se hizo empinada hasta llegar al páramo donde crecían pajonales, pastizales, frailejones, matorrales, y turberas. Paradas y complicaciones. El agua lluvia descendía veloz, mientras el sendero estrecho se cubría de niebla. Y luego los musgos, los líquenes ante un cielo de azul y bruma. Y vino una parada en una venta. Descendieron del autobús, para tomar aguadepanela, almojábana, queso o comer una trucha ahumada. Y, luego el declive zigzagueante de la vía. El páramo quedó atrás y el aire volvió a ser cálido al llegar al lugar de los hipogeos.

 No se detuvo en un poblado la buseta, pero a la salida hubo una parada inesperada. Militares con la cara pintada, en trajes hojarasca, armados hasta los dientes, detuvieron el vehículo y se subieron, a pesar de la prohibición de utilizar el transporte civil. El conductor protestó, también los pasajeros. Más el teniente que dirigía el grupo, ni miró a quienes se manifestaban y, ordenó que continuara el viaje. La amenaza se hizo presente pues se temía que en cualquier momento el ómnibus podía ser objeto de un ataque por algún grupo armado. Los pasajeros permanecían en silencio mientras un oficial hablaba por un micrófono del equipo de radio. Pero el temor desapareció cuando el bus se detuvo, los militares descendieron y echaron a caminar por una cañada.

 Al salir del auditorio, los conferencistas frustrados, caminaron hacia la plaza. Cuando llegaron a una de las esquinas del lugar vieron el mosco: un helicóptero. Hombres y mujeres en fila, acercándose a un anillo de policías armados, dado que era imposible el transporte terrestre de los carros de valores pues se les asaltaba; tampoco se podía depositar, en la caja agraria, el dinero, dado que, en menos que canta un gallo, la bóveda de seguridad era dinamitada por los bandidos para apoderarse de la mosca.

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