Creencias y pronósticos

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Por | Silvio E. Avendaño C.

Hoy en día el futuro continúa intrigando a cada ser humano como sucedía en la antigüedad. El Rey Creso consultó, en una ocasión al oráculo de Delfos, sobre la invasión al territorio persa.

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El oráculo predijo, después de aspirar los vapores que emanaban de la tierra: “Creso, si cruzas el río Hayls destruirás un gran imperio”. Creso interpretó favorablemente el oráculo y perdió el Imperio. Lidia pasó al poder de los persas. La pitonisa inspirada habló en un lenguaje ambiguo.

En Roma, la adivinación tenía carácter público, formaba parte de las instituciones del Estado. Para los romanos, la extispicina era la práctica de interpretar las vísceras de un animal sacrificado según las reglas, para sacar de ellas indicaciones de carácter adivinatorio. No se tomaba ninguna decisión política sin consultar. Los arúspices eran consultados para cualquier decisión del Estado. Ejemplo, Cayo Flaminio antes de enfrentarse a Aníbal consultó a los augures. Estos pronosticaban al observar el comportamiento de los pollos al arrojarles comidas. Según los pollos mostraban apetito, significaba que la batalla frente a los cartagineses les sería favorable. Pero como los pollos no comieron, los arúspices consideraron que no era favorable entrar en batalla. Más Cayo, impaciente que no creía, se lanzó a la acción y fue derrotado.

En Grecia se iba al oráculo de Delfos, en Roma la creencia era parte del Estado. Los cristianos han esperado la venida inminente del Mesías. Hoy continuamente se recurre a los horóscopos, a las cartas, al tarot, a la quiromancia. Los métodos han cambiado. Usamos el raciocinio y el conocimiento científico. Más, las incertidumbres, la inseguridad ante el futuro, son una constante. El astrónomo con certeza sabe cuándo ocurrirá el eclipse, pero no puede decirnos si podremos verlo, pues es probable que ese día las nubes no permitirán observarlo. Los meteorólogos se encuentran con el caos y el indeterminismo. Son inciertos los huracanes y sus rumbos, los temblores y terremotos sorprenden, los tsunamis son aleatorios, ante la turbulencia no se sabe. El caos es un nuevo paradigma de los epistemólogos.

Las ciencias con sus métodos de análisis y raciocinios tratan de predecir. Así, los economistas intentan decirnos las bondades o las ruinas de los modelos económicos; los médicos como sacerdotes, ante el resonador magnético, que utiliza gases, cómo sucedía con el oráculo de Delfos, interpretan las entrañas de los pacientes y pronostican el futuro, ante la incertidumbre del paciente: “¿Me voy a curar?” “¿Cuánto tiempo me queda de vida?” “¿Que me ocurre si no me opero?” “Doctor: a mí lo que me interesa es que Ud. me diga qué me va a pasar, tengo que arreglar mis papeles”.

Los políticos ante la incertidumbre recurren a las encuestas. El moderno sondeo de opinión supone una voluntad superior, que los antiguos atribuían a los dioses y, que hoy esa voluntad superior es la “gente”. Los políticos no recurren a los aurúspices antiguos sino a especialistas en sondeos, que extraen datos de entrevistas, encuestas o llamadas telefónicas. Una vez obtenido un sondeo favorable se sienten con autoridad para hacer lo que había decidido. Somos herederos de lo incierto.

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