Eduardo Caballero Calderon y su mejor obra: Tipacoque “parir un pueblo”

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Foto: Hisrael Garzonroa
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Por: Helman Ricardo PérezGallo / [email protected] 

En su génesis era un pensamiento irrealizable, quimérico, casi un absurdo. A nadie jamás se le habría ocurrido tal ensueño. Que, de una casona añeja y yerma, construida por curas doctrineros, colgada de una loma, perdida en unos peñascos anclados en la cordillera oriental en la boca del cañón del Chicamocha del norte de Boyacá, alejada de todos, y de todo asomo de civilización, surgiera un pueblo, era cosa de un absoluto y redomado ingenuo. Pero por esas cosas de la predestinación, emergió, nació a la vida y es realidad: Se parió a Tipacoque.

Don Eduardo Caballero, como el Quijote de Cervantes, soñó con esta utopía y la llevó al lienzo de la vida, de la realidad tangible a la ensoñación realizable. Así lo reconocería para la posteridad cuando en su libro “Yo el alcalde” expresó: “Crear un pueblo para después gobernarlo”. 

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Como alcalde designado oficialmente, sin mayor prórroga, arremangándose la camisa, se dio a la tarea de buscarse oficina para concebir oficialmente dicho empleo, el más preciado de su brillante carrera, como engreídamente lo expresaba, así como designar los demás empleados municipales, escogidos entre los personajes más prestantes de la pequeña villa, que habrían de acompañarlo en tan importante misión.

Y no fue fácil, ni lo uno ni lo otro se daban como en botica por estos solares ya que para lo primero tuvo que recurrir a su propia herencia, unas habitaciones que quedan sobre un corredor en la parte occidental de la casona, cruzando el camino por donde antaño paso el Libertador Simón Bolívar, en su tránsito hacia Venezuela, para despachar desde allí, pues por ningún otro lado existían remedos de oficinas. Para lo segundo eligió lo más granado de la aristocracia criolla, ya que, puesto el rey, designó los príncipes, condes y marqueses, como sus segundos de a bordo.

Así, administrativamente, se burocratizó Tipacoque. Misterioso e inexplicable sí resulta, por cierto, que no haya investido como burócratas públicas municipales tanto a “Mamá Toya” como a la “Comadre Santos”, dos de sus más profundas querencias. A Siervo Joya por aquellas calendas le faltaba poco para ser propietario de su pedazo de tierra por los lados de La Vega, por lo que consideraba que no necesitaba puesto y además seguía sin saber leer ni escribir, era un analfabeto perfecto, aun cuando ello francamente para el empleo no era ningún impedimento y de palabra desistió ante su “amo”.

A “Mano Berna” sí le tocó en suerte la dicha oficial, así fuera el último peldaño de la escala de poder: Barrendero. ¿Y, ahora qué hacer? Luego del laborioso y penoso trámite leguleyo para conseguir unas máquinas de escribir con sus correspondientes escritorios, sillas y demás elementos necesarios para un “buen funcionamiento”, se dio a la tarea de organizar formalmente el municipio, porque en su cuna no existía sino la cepa, esto es en carta blanca, que lo único que había era el Decreto de la Asamblea Departamental en la que erigía a Tipacoque como municipio, sin más ni más, faltaba absolutamente todo: calles, parques, iglesia, plaza de mercado, escuelas, colegio, puesto de salud, “palacio” municipal, etc., etc., etc. 

Y, después de dos años de sudor y ensimismamiento en su obra faraónica, luego de detallar la existencia precisa y mágica de este conglomerado humano, de ajedrezar sus calles y españolizar su entorno con fuentes y adoquines, de redistribuir lotes y solares, se dio por satisfecho, consideró que hasta allí llegaban sus esfuerzos, ya el polluelo salía del cascarón, se requería solamente que emplumara, y a fe que lo logró. Dejó la rienda para que los nativos la cogieran y asumieran el cabestro, designando en su remplazo, a uno de la tierra, cayendo en suerte la designación en don José Santos Pérez Parra. 

En su gobierno y administración son muchos y gratos los recuerdos encontrados, entre tales se añoran las épocas decembrinas cuando a los habitantes de la comunidad los reunían en los espaciosos y verdes jardines de la hacienda para recibir de sus manos los regalos navideños, puesto que había obsequio para todos, absolutamente para todos, no se olvidaba a nadie, así fuera un hermoso trompo de palo, pero algo se le daba. Era para todos sus habitantes la dicha verdadera; poder tener el primer regalo que en la vida se recibía, porque con toda seguridad era el primero; siendo conmovedor observar las alegrías desbordadas de la multitud en espera de su turno para obtener el obsequio, todo era regocijo en estos lances. Largas filas lo esperaban al Papá Noel soñado, dada su bondad y el despego que por los bienes materiales mantenía, pues todo ello lo costeaba de su bolsillo. 

Era frecuente observarlo solitario con su altiva y larga figura, deleitándose de su tarea, recorriendo sus desiertas y polvorientas calles, transitando por el denominado “camino viejo”, que era su sendero favorito, en la parte noroccidental de la casona, camino hacia el parque principal, perpetuamente acompañado de su inseparable bordón, dada la cojera que de antaño padecía, como consecuencia de la caída de un caballo, pasando el páramo de Guantiva, en su ruta eterna de Bogotá a Tipacoque; con su hidalguía y caballerosidad de siempre, generoso y amable con el paisano que encontrara, presto a entablarle diálogo, sobre el eterno tema nuestro, el clima y sus cosechas, y por qué no, si se alargaba la conversa sobre el precio de la panela, la crianza de los hijos y las minucias propias de hombres entrañables. Ya que allí, siempre el tiempo lo había, nunca corría. Es preciso sentarse a esperarlo. 

Si por él fuera, nunca hubiera querido salir de esta tierra, de su mundo, su creación, su heredad; pidió que lo cremaran y trajeran sus cenizas para que aquí reposaran y abonaran su paraíso personal. Es que Tipacoque francamente es una invención únicamente suya, nadie en esta tierra nos conocía y él les dio vida, forma, color, identidad, y los puso a recorrer el mundo, ya que hoy se encuentra el nombre de Tipacoque, sus personajes, costumbres, paisajes y vivencias, traducido al idioma de los mundos. Porque en literatura hablar de Tipacoque es hablar de Macondo, dos voces que dejan la marca imborrable de la colectividad humana alejada y abandonada, sin destino alguno, la esencia Latinoamericana. 

Hoy visitar la hacienda de Tipacoque, donde reposan sus huesos, es recorrer la historia de la Patria, es viajar en el tiempo por la época de la colonia, la encomienda y la República, para pasar luego al horror de los eternos conflictos, de las guerras fratricidas, que era el recurso de los políticos para hacer política, los que siempre y por desventura nos han acompañado. Fue el refugio para salvar la vida de los liberales de toda la comarca, los Santanderes, Boyacá y de otros lares, con ocasión de las confrontaciones partidistas y las persecuciones que de ellos hicieron las hegemonías conservadoras, especialmente de sus fieros vecinos, los famosos “Chulavitas”, que estaban ahí nada más al frente, a tiro de fusil, cruzando el Chicamocha, por los lados de la vega de los Pantaleón.

Don Eduardo amó a los tipacoques toda su vida, lo sedujo la franqueza de sus gentes, la esencia transparente de sus almas, la humildad y su bondad. Por algo será que arrumó su tumba por ahí eternamente, esperando el día del juicio final, para reencarnar como chulo, que era otra de sus esperanzas, tal como lo rezongaba acostado en su chinchorro, para poderse encumbrar por siempre en los atardeceres y atisbar profusamente los enredos y atajos de estas asombrosas cordilleras. 

La aldea ahí va, como la múcura en el suelo, con escaso poblamiento y menos progreso, bogando sin mar ni presente, consecuencia de la absoluta falta de presencia empresarial u oficial, mendigando las míseras partidas estatales y bregando con las obras aún inconclusas dejadas desde su parto, con la esperanza que de algún rincón de la patria surja, exclusivamente para los tipacoques, un nuevo ser, émulo de los atributos del viejo Eduardo, para que recomponga esto, pero con absoluta convicción no brotará pues francamente no existirá otro que logre que la realidad le obedezca a su capricho. 

5 COMENTARIOS

  1. Gracias, me siento orgullosa de mi pueblo por que somos gente humilde y trabajadora que nunca se rinde ante la adversidad.

  2. Tipacoque tierra de caballeros como se ha denominado, tierra de gente campesina trabajadora olvidada por el Estado pero que están dispuestos a seguir cultivando

  3. Gracias a dios existe ese pedacito nuestro terruño por eso siempre diré a mucho honor soi boyacense Y
    más orgullo aún ser de TIPACOQUE

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