Diálogos y preguntas sobre la belleza en el arte

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Por | Álvaro Neil Franco Zambrano

El arte de dialogar nace de la sabiduría del arte de preguntar. Fue Sócrates quien nos enseñó a encontrar las dudas que enriquecen el alma y las respuestas que aclaran el espíritu por medio de preguntas. El filósofo griego formulaba preguntas que desenmascaraban la ignorancia de los que decían ser sabios y descubrían la inteligencia de los denominados brutos. “En los exámenes los tontos hacen preguntas que los sabios no saben responder” (330), sentenció Oscar Wilde. Para Monterroso “La inteligencia comete tonterías que sólo la tontería puede corregir” (325). Pero volvamos, mientras la luz de las naranjas perfuma este último día de junio, con una de las preguntas que inmortalizaron a Sócrates: “¿Podríamos saber qué arte nos hace mejores sin conocer lo que nosotros mismos somos?” (82). Siempre he pensado que mientras estemos vivos nunca acabaremos de conocernos. Que finalmente jamás sabremos quiénes somos, porque lo nuestro es buscarnos sin descanso por los caminos de la vida. Y que uno vino a la tierra para contemplar un trigal de Van Gogh, para escuchar “Me voy pa´l pueblo”, de Benny Moré, para viajar con las palabras acompañado por Kavafis y habitar los cuerpos en que se movía la soledad de Fernando Pessoa. Para llevar en las manos el infierno con que Rodin nos salvó de tanto paraíso.

Hay dos preguntas que cambiaron el rumbo de mis deseos y mis sueños: “¿Qué hará el Ciempiés/ con tantos pies/ y tan poco camino?”, de Dulce María Loynaz. La belleza de esta pregunta está en la contraposición de los pies innumerables y del estrecho y corto camino que no permite caminar. Es lo que le pasa a los jóvenes en nuestro país, tienen mucho talento; pero no lo pueden dar a conocer por falta de oportunidades. Toda escritura tiene forma de camino y quien la recorre es la mirada brillante y venenosa del lector, sus pasos que han inventado los caminos donde el escritor, como el escarabajo de Kafka, quedó atrapado y sin salida.

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“-¿Cómo hace usted para caminar, señor ciempiés? ¿Adelanta primero las cincuenta patas de la derecha y después las cincuenta de la izquierda? ¿O veinte y veinte? ¿O diez y diez? ¿O una y una?- Hubo un largo silencio y la araña se fue. Entonces el ciempiés se puso a pensar cómo caminaba. Y no caminó nunca más”, de Juan Gelman.

En la fábula de Gelman, la araña está sentada en la orilla de un camino oscuro que no le permite contemplar el bosque, debido a la inmovilidad y la aridez de las ideas. En el instante en que vislumbra al ciempiés, su pensamiento empieza a llenarse de luz y se moviliza como un filósofo griego, para preguntarle a nuestro amigo de patas infinitas si le puede hacer una pregunta. El ciempiés menosprecia a quien le pregunta porque tiene muchas menos patas que él. Entonces la araña le teje una red de preguntas que atrapan la inteligencia del ciempiés. Es bien sabido que hay preguntas que no tienen respuesta, lo que es muy bueno porque nos ponen a pensar. Claro está que Alberto Caeiro decía que “pensar es estar enfermo de los ojos” (99). “Vayamos a Covent Garden a ver las rosas. ¡Vamos! Estoy cansado de pensar” (Wilde, 284). En otras palabras, pensar es una forma de aniquilar los sentidos. Y es que el poeta por medio de estos canta la belleza de lo efímero, de lo que no dura, de lo corruptible, o sea la belleza del amor que nace con el cuerpo, o sea la belleza terrible de la vida. Es el caso de El guardián del hielo, de José Watanabe: “No se puede amar lo que tan rápido fuga/ Ama rápido, me dijo el sol” (228). Es así como la inmortalidad del alma queda para los filósofos: “¿Quién, como sugiere en alguna parte el señor Pater, cambiaría la curva de un pétalo de rosa por el Ser informe e intangible que tanto valora Platón?” (Wilde, 250). Para el arte que no sabe de límites “el cuerpo es el alma” (272).

Las preguntas que no tienen respuesta nos enseñan a escuchar el silencio de nuestro corazón. Lo difícil es no volver a hacer lo que más nos gusta en la vida. Tal vez el ciempiés olvidó que caminar es una forma de abrir y despejar el pensamiento. Inclusive se podría pensar que hay cosas que no se deben preguntar, porque nos hacen daño. Justo ahora me voy, con mi pata de palo, en busca de las preguntas que no he podido responderme.

Hay preguntas a manera de afirmación. Estanislao Zuleta dice que esta clase de preguntas se caracterizan por la creencia desmedida en lo que se pregunta y por su traje de gato que nos viste de liebre (183). En los diálogos sostenidos entre Ernest y Gilbert sobre la importancia de discutirlo todo, encontré estas joyas de la interrogación que sostienen con firmeza lo que están preguntando: “¿Qué es la inteligencia sino el movimiento en la esfera intelectual?” (265). La inteligencia, como el río de Heráclito, cambia con el paso del tiempo, con las transformaciones que tienen lugar en lo que denominamos realidad. La inteligencia siempre está viajando hacia nuevos lugares, en busca de ideas que la hagan brillar. “¿Cómo contener la risa cuando un vulgar periodista propone seriamente limitar los temas a los que puede dedicarse el artista?” (266). Esta pregunta se burla de la persona que se atreve a formular una idea sobre un tema que no domina. Es importante tener en cuenta la oposición entre las palabras risa y seriamente, tal vez porque la única manera de tomar en serio el arte es a través del humor. He leído y escuchado que los temas del arte son siempre los mismos y que lo que cambia es el tratamiento que les da el artista: “El camino con sus dulces caballos” (276), la muerte que siempre se viene tan callando (7), la vida a la que nadie le dedica respuestas, las luces que levantan su morada en medio de las sombras, el esquivo amor que huye de los enamorados, el tiempo medido por la ausencia y la naturaleza donde aprendemos a escuchar el silencio, entre otros. Aunque el arte puede abordar cualquier tema, por ejemplo la pandemia del covid 19. El arte no sabe de límites, aunque Borges en su célebre poema Límites, nos da a entender que uno de los linderos del arte es el tiempo del artista; el otro es el olvido: “Creo en el alba oír un atareado/ rumor de multitudes que se alejan; / son lo que me ha querido y olvidado” (188). Olvido del cual el mismo Borges dijo: “Si hay algo que no existe es el olvido”, y la incertidumbre que nos regala la vida. Para Gómez Jattin: “El artista tiene siempre un mortal enemigo/ que lo extenúa en su trabajo interminable/ y que cada noche lo perdona y lo ama: él mismo” (163).

Preguntas hay que son afirmaciones y nos comparten en pocas palabras la visión personal del artista sobre un tema en específico, como por ejemplo esta rebelde y pelilarga, portadora de un sombrero negro medio puesto sobre una de las mentes más brillantes del siglo XlX: “¿Quién podrá poner límites al artista, que acepta los hechos de la vida, y aun así les proporciona la forma de belleza, los convierte en vehículos de la compasión o el espanto, muestra su colorido, su maravilla y también su verdadera trascendencia ética, y construye con ellos un mundo más real que la propia realidad y con un sentido más noble y altivo?” (266-267).

Para Kavafis la belleza se encuentra en la evocación de los días donde su cuerpo se entregó sin medida al placer: “Pero en mis recuerdos es más bello./ Era sensible hasta el extremo de sufrir,/ y ello iluminaba su expresión./ A mi memoria vuelve más hermoso/ ahora que mi alma lo evoca fuera del tiempo” (108). En la fealdad de los lugares donde fue feliz porque conoció y disfrutó el amor: “La habitación era pobre y vulgar/ (…) Desde la ventana se veía la calleja, / estrecha y sucia (…) Y allí sobre un lecho barato, miserable,/ el cuerpo tuve del amor, los labios/ voluptuosos y rosados de la embriaguez”(70). “Y ayer/ mientras andaba por la vieja calle,/ de repente se embellecieron por la magia del amor/ las tiendas, las aceras, las piedras,/ y muros, balcones y ventanas,/ nada quedó allí como antes era”(103). En este caso la embriaguez de los sentidos debe ser algo similar a beberse la ambrosía de los dioses, a perfumar el alma y el espíritu con las esencias que se encuentran en el camino que desemboca en Ítaca, a encender el fuego de la memoria en las sombras de la vejez: “Es un viejo. Vencido y fatigado, / roto por la edad y los excesos, / que arrastrando sus pasos atraviesa la calle./ A su casa regresa para esconder allí/ su vejez y su miseria/(…)Los jóvenes dicen ahora sus versos./ Sus visiones encienden sus ojos/(… su espíritu, su voluptuosa carne,/ aún se conmueven con la expresión que él diera a la belleza” (55). En cierta medida se trata de una belleza terrible iluminada por el temblor de la pasión. Belleza que permanece intacta en la contemplación de los cuerpos que su imaginación creadora vertió, con el paso del tiempo, en sus poemas eróticos: “Contemplé tanto la belleza, / que mi visión le pertenece/ (…) Rostros del amor, tal como los deseaba mi poesía…”( 87). “En la historia hay tan sólo/ unas pocas líneas sobre ti,/ de modo que puedo moldearte más libremente en mi pensamiento./ Puedo hacerte bello y sensual./ Mi arte da a tu rostro/ un atractivo bello y soñador”(91). Belleza de la poesía que se arma de valor y cuenta sus experiencias íntimas por medio de versos sencillos donde resuena lo sublime: “Escribe, Rafael, tus versos de tal modo/ que algo de nuestra vida, tú sabes, quede en ellos, /que las frases y el ritmo sobradamente muestren/ que de un alejandrino escribe un alejandrino” (84). Para el poeta de Alejandría la belleza también se encuentra en la ruptura de las normas y costumbres establecidas por la moral, en su vida valiente que fue más allá de los códigos establecidos por la sociedad: “En el fondo de mi vida joven y disoluta/ hallaron forma las imágenes de mi poesía, / se gestaba el alcance de mi arte” (98).

Encontrar la belleza es el fin supremo del arte, en el caso de Wilde. La belleza nace de la contemplación, es decir, de la imaginación creadora que mira la vida tanto con los ojos del alma como del corazón, no olvidemos a Saint Exupéry. En la belleza viven todos los secretos y todos los misterios, debido a la infinitud de significados que enriquecen su sentido crítico. La contemplación es la esencia del ser que se dedica al ocio, la sensibilidad y el pensamiento para alcanzarlo todo. La belleza no entiende de acciones pragmáticas que convierten al hombre en un esclavo. La belleza no la podemos buscar en la vida porque esta con su rutina productiva se ha convertido en el lugar de las repeticiones, y el arte es sinónimo de innovación y cambio. La belleza, como lo anotamos en Kavafis, toma su forma final en las prohibiciones, es decir, en los supuestos pecados donde la vida arde de pasión.

Además, el arte no copia la vida; por el contrario, la llena de matices inesperados que le dan respiración de boca a boca. La vida, según Wilde, es demasiado prosaica, por eso adolece de belleza. Aunque hoy día sabemos que lo vulgar también cuenta con su lado poético. En la fealdad y lo terrible, incluso en lo grotesco también anida la belleza.

Habitemos por un momento la París donde Baudelaire le escribe versos a los esperpentos que se arrastran sin rumbo fijo por los laberintos que forman las calles. A los traperos que limpian sin descanso el aullido de los transeúntes. A los ancianos cuyas gibas ocultan el sol que le imprime energía a la vida.

El arte verdadero se nutre de la mentira. Mentir en el arte equivale a crear mundos posibles donde lo imposible empieza a ser parte de los deseos y los sueños (Wilde, 61-101). Nada más recordemos cómo nuestras mentiras de niños nos salvaban de las verdades absolutas que nos imponían los adultos. Cómo a través de las mentiras habitábamos lugares donde nuestra soledad de principito encontraba amigos imaginarios (elefantes que engullían serpientes, baobabs donde se columpiaba nuestra sed de vida, flores únicas que nos regalaban el perfume violento del silencio y faroleros que nos encendían las calles con el rumor de las estrellas); y nos salvaban de la supuesta realidad en la que vivían los mayores.

La belleza en tanto imaginación y mentira sobre todo se halla en la pasión (Como lo vimos en Kavafis) y la locura. En la locura porque le da la vuelta al mundo muchas veces y pone las cosas al revés, para mirarlas desde distintas perspectivas. Recuerdo el poema que José Paulo Paes le dedica a los locos de su infancia: Había uno al que llamaban “El Eléctrico”, porque le daba un sin número de vueltas a los postes de luz para que en el barrio de su ciudad nunca se fuera la luz (104-106). A “Tachuelas”, el loco de mi aldea, quien gracias a sus rabietas de niño consentido convertía su barba de revolucionario en un enjambre de tachuelas que se abalanzaba sobre la cara de los estudiantes que no hacíamos tareas. Parecía un trompo dándole vueltas, sin descanso, a la memoria de su pueblo. Un astronauta encerrando con alambre los cebúes del cielo. En estas cosas tan sencillas y humanas el arte se baña en el río de la inmortalidad, porque gira y gira como un cometa tras el presentimiento de nuevos planetas. Los locos, los poetas y los niños son imaginación pura y ensueño.

“¿Por qué los orientales tendemos a buscar la belleza en la oscuridad?” (49), se pregunta Junichiro Tanizaki, para quien la belleza nace de la profundidad de las sombras, de la pátina del tiempo que va dejando su veta de opacidades en los objetos que calientan el alma de los seres humanos, en la luz indirecta que difumina las cosas y siembra de misterio las atmósferas del antiguo Japón. En el contraste entre la luz débil de los candelabros y las velas que llaman en silencio el aire espeso de las sombras que nos cubre las manos: “Pero, según dije antes, los orientales creamos una belleza basada en las sombras como extrayéndola de la nada” (48-49). “Sin la sombra, no existiría la belleza” (49). En los aleros de los templos donde la frescura de la sombra invita a presenciar el vuelo de sus dioses, por medio de la imaginación. En el rostro de luna con que las mujeres antiguas iluminaban sus pasos de fantasma oculto entre paredes de papel.

Para Yasunari Kawabata, la belleza florece en el horror. Horror representado en cuerpos de mujeres jóvenes despojadas de su espíritu, que desde su condición de zombies le brindan el perfume caliente de su alma y el oleaje fresco de su ser a ancianos entristecidos por el llamado inminente de la muerte. Cuerpos de muñecas sin ojos que posibilitan gracias a sus risas de momia y a sus colinas atardecidas por la sombra de los cerezos, la evocación de mujeres sumergidas en la flor de la vida.

Se da el caso, como señala Wilde, que hay artistas a quienes les cuesta trabajo dar respuesta a sus inquietudes estéticas; pero saben intuir y desenredar el camino de su búsqueda por medio de preguntas. Lo que en últimas viene siendo la labor esencial del artista (203). Y es que en el arte nadie tiene la última palabra. Porque como se dijo anteriormente el arte no se sustenta en dogmas, sino en dudas, en atajos, ramales y cruces de senderos que desde su ensoñación tropiezan una y otra vez con las piedras rodantes donde palpitan los poemas: “¿Qué putas puedo hacer con mi rodilla, con mi pierna tan larga y tan flaca(…)? ¿Qué puedo hacer si puedo hacerlo todo/ y no tengo ganas sino de mirar y mirar?” (Jaime Sabines, 96). “¿A qué se debe esta necesidad/ de plasmar todo lo que me conmueve? ¿Por qué necesito metáforas para explicar lo que veo? ¿Por qué no dejar simplemente/ que la realidad sea/ y sentir el momento?” (Jaime Manrique, 62).

Unas preguntas muy particulares son aquellas que contienen dentro de la misma pregunta su respectiva respuesta: “¿Qué es lo irreal sino pasiones que nos quemaron como fuego? ¿Qué es lo increíble sino lo que uno ha creído? ¿Qué es lo improbable sino lo que uno ha hecho?” (Wilde, 241). Estas preguntas me llevan hasta “Las ruinas circulares”, de Borges, donde un hombre herido (que se alimentaba con arroz y frutas) alcanza lo imposible cuando crea por medio de un sueño otro hombre al que le gusta escalar montañas y el fuego no le hace daño porque fue hecho con pasión. Al final el hombre del sueño se da cuenta que a él el fuego tampoco lo lastima, y descubre así que él también es alguien que otro está soñando (55-65). El mismo Borges dice, en alguna parte, que la vigilia no es más que un sueño con los ojos abiertos. Y Pedro Calderón de La Barca afirma que la vida es un sueño. Somos una ilusión que depende del tiempo.

Mi padre se levantaba muy temprano, en sus calzoncillos de color ahuyama, a preparar el tinto y darle los buenos días a las gallinas finas. La lluvia amarilla del maíz alborotaba el alma extraviada de las gallinas, que encontraban su Norte en los brazos extendidos como ramas que les compartía mi padre. Mi padre les acariciaba el vuelo corto de sus alas con palabras del campo. Las gallinas le respondían, como si fuera un dios, entornándole los ojos. Un día me levanté, casi desnudo, más temprano que mi padre, perfumé la casa con el olor del tinto, un aguacero de maíz parecido a un diluvio hizo florecer el canto de las gallinas en el patio. Estiré mis brazos como molinos de viento para que las gallinas con su vuelo le dieran vida a mis sueños de Quijote. Pero las gallinas se comieron el maíz, después se bañaron con tierra, el día se les fue cazando lombrices; la noche, picoteando estrellas y galaxias perdidas. Y mis brazos acompañados por la luz de la luna se fueron a dormir. Repetí este ritual infinidad de veces y es la hora que las gallinas ni me entornan los ojos, ni escuchan mis poemas, y solo en sueños se encaraman en mis brazos. Para mí esta historia real hace parte de lo que consideramos increíble.

Cuando Dennis Esteban, mi hijo mayor, tenía cinco años le gustaba ir al río Suárez (Saravita para nuestros ancestros), a saludar los guarasapos (en idioma de adulto: renacuajos). Pasaba su rostro por los espejos de agua para mirar su baile negro traído desde África. Dennis también bailaba al ritmo de esa brisa con olor a guayaba que tenemos por alma. En una chuspa pequeña, tejida con agujeros negros, transportaba los guarasapos, sin que nadie lo viera, por el camino amarillo donde sigue temblando el recuerdo del tren, hasta mi casa materna pintada de blanco por el paso constante de las nubes. Una vez allí sacaba un platón de múltiples colores y se dedicaba a viajar con sus amigos guarasapos por el universo de agua que guardan los árboles botella, por su cielo azul atardecido de cometas. A darle vueltas a su tronco pelado muy parecido a las patas de un elefante; yo le llamaba la atención y le daba un tiempo limitado para que sacara esos animales de la casa, porque tenían muchas infecciones. Dennis me respondía: “Bueno, pa”. Cumplido el tiempo de desalojo, Dennis tal vez se transformó en el fantasma con ojos de candela que se nos aparecía por la noche en el cafetal, porque no lo hallaba por ninguna parte. Al fin lo encontré en el baño y le pregunté con voz de trueno y mirada de rayo: ¿Qué estás haciendo? Me respondió, con la voz entrecortada y en idioma de guarasapo, que estaba bañando con jabón perfume a los guarasapos, para quitarles las infecciones, para que no se fueran de la casa y continuaran siendo sus amigos de viaje.

¿Acaso no hay libros capaces de hacernos vivir más en una hora que la vida en veinte penosos años? (Wilde, 245). Respondo esta pregunta con una pregunta del poeta Francisco Quevedo: “¡Ah de la vida!… ¿Nadie me responde?” (17 ). Porque al hecho de sobrellevar una existencia marcada por la necesidad, por la deshumanización que se olvida del otro, por la explotación laboral que convierte en oro el tiempo de las multinacionales y en una máquina más a los trabajadores, por el consumismo desmedido que cada día nos convierte en una mercancía, por la aniquilación del que piensa distinto, por la falta de sensibilidad ante nuestros hermanos caídos en las protestas sociales de carácter pacífico, por la falta de oportunidades, por el paso del tiempo en vano; a eso no lo podemos llamar vida, y ante eso, ¿qué puede uno responder?

En cambio el arte nos ofrece una intensificación de la vida: (Recordemos la literatura de Andrés Caicedo, de Rafael Chaparro Madiedo, de Alexandra Pizarnik). Reflexiones desde la sabiduría del corazón sobre lo que nos acontece cada día. Momentos para que el alma vuele y se deshaga de todos sus fantasmas, o se convierta en uno de ellos: “La mujer que amé se ha convertido en fantasma. Yo soy el lugar de sus apariciones” (Arreola, 78). No esperemos del arte paraísos porque lo nuestro es el infierno. Fue lo que le heredamos a Dante, a Rimbaud, a Swedenborg, a Poe, a Horacio Quiroga, a Sábato, a Kafka, a María Mercedes Carranza, a Gómez Jattin, entre otros. Es lo que lo que nos expresan los girasoles marchitos de van Gogh, cuando nos miran fijamente. Lo que nos dicen las manos huesudas de Guayasamín. Lo que nos comparten los cuerpos ardientes de Luis Caballero. Es la sombra que brilla en el buey desollado de Rembrandt. Los esperpentos que sonríen en los cuadros de Goya. El grito callado de Munch que resuena en las catacumbas de Poe. Si algún cielo vale la pena es el de la infancia. Cielo en el que Gómez Jattin permanecía con el alma alumbrada de mango, alimentando los sueños de sus muñecas de trapo, lanzándole guijarros a su soledad enredada en los árboles. Cielo en el que Jaime Manrique se la pasa comiendo mamones con la sombra de sus antepasados, saltando en los charcos para llamar los truenos y los rayos, escrutando las astromelias que su madre sembraba en el solar. El arte imagina mundos posibles donde las mariposas remueven la memoria del patio.

Para terminar, una pregunta que se vale de una afirmación y de una negación que hace las veces de afirmación, para brindar una postura sobre el papel de la crítica: “En todo caso, el verdadero crítico deberá ser racional, ¿no?” (Wilde, 264). De esta manera, se sacrificaría el sol que pintó de amarillo la casa de van Gogh, se secaría el mar donde Wang-Fô plasmó la inmortalidad del arte, se derrumbarían las montañas donde Li Tai Po y Wang Wei comulgaron con los dioses del cielo, se despertaría a gritos la aldea de los molinos de agua de Akira Kurosawa, se pudriría El olor de la papaya verde.

Cuando el horror no permite respuestas, no queda más alternativa que responder las preguntas con otras preguntas: “Ese hombre con un quitasol/petrificado en una calle de Hiroshima/ ¿de qué quería protegerse?/¿del resplandor de los mil soles/ o de la lluvia radiactiva que caía sobre su cabeza?” (Oscar Hahn).

Referencias:

Arreola, Juan José (1997). Prosodia y variaciones sintácticas. México D, F, : FCE.

Borges, Jorge Luis. (2011). Poesía completa. Bogotá: Penguin Random House.

Borges, Jorge Luis (2012). Ficciones. Bogotá: Random House Mondadori.

Gómez Jattin, Raúl. (1997). Poesía 1980-1989. Bogotá: Norma.

http://juangelman.blogspot.com/2018/05/220522018-el-ciempies-y-la-arana.html

Kavafis, Konstantino. ( 2019). Poesías completas. Madrid: Hiperión.

Kawabata, Yasunari. (2012). La casa de las bellas durmientes. Barcelona: Emecé.

https://www.laraizinvertida.com/detalle-2610-bestiarium-de-dulce-maria-loynaz

Manrique, Jaime. (2017). El libro de los muertos. Bogotá: Pontificia Universidad

Javeriana.

Manrique, Jorge. (1990). Antología poética. Bogotá: Quinto Centenario.

Monterroso, Augusto. (1996). Cuentos, Fábulas y Lo demás es silencio. México D.

F.: Alfaguara.

Paes, José Paulo. (1995). La poesía esta muerta…juro que no fui yo. Bogotá:

Magisterio.

Platón. (2001). Diálogos. Buenos Aires: Longseller.

Pessoa, Fernando. (2000). Drama en gente. México D. F.; FCE.

Quevedo, Francisco. (1995). Antología poética. Madrid: Alianza Editorial.

Rojas Herazo, Héctor. (2013). Obra poética. Bogotá: Instituto Caro y Cuervo.

Tanizaki, Junichiro. (2019). Elogio de la sombra. Madrid: Alianza editorial.

Watanabe, José. (2013). Poesía completa. Madrid: Pre-textos.

Wilde, Oscar. (2012). El secreto de la vida. Bogotá: Lumen.

Zuleta, Estanislao (2020). Elogio de la dificultad y otros ensayos. Bogotá: Ariel. Tunja, agosto 7 de 2021, era de la pandemia

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1 COMENTARIO

  1. Exceso de eclecticismo, resulta finalmente como una lista de los libros que he leído y que no he podido leer de esos ilustres autores. Se pierde la belleza con que escribe! Discúlpeme!

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