Holocausto sionista y llamados de urgencia a la CPI

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Tanto el DIH como el Estatuto de Roma definen los crímenes internacionales como violaciones graves de las leyes y costumbres de guerra, así como actos cometidos como parte de un ataque generalizado o sistemático contra la población civil. Estas definiciones son fundamentales para la justicia internacional y convocan a concentrar fuerzas, esfuerzos e iniciativas de movilización popular y argumentación jurídica, para convocar sin dilaciones a la Corte Penal Internacional, para que establezca un tribunal que cumpla su misión de perseguir, investigar, juzgar y sancionar a los Netanyahu y otros responsables que ante la impotencia del mundo cometen tales crímenes.

Por | Manuel Humberto Restrepo Domínguez

       El Estado de Israel, víctima del primer holocausto Nazi, ahora recrea y escenifica la ejecución de una solución final contra el pueblo Palestino. Ha violentado los cánones de la condición humana en el nombre de la venganza, creando el escenario para “el segundo holocausto de la historia reciente”, esta vez realizado por las fuerzas militares del régimen sionista de Israel, que, en solo 30 días, han superado la primera fase del horror nazi, contra su pueblo, al que representa, gracias a este lo reeligió, no exactamente para activar la barbarie, que supera de lejos las reglas de la guerra.

       La primera regla del DIH indica que el estado ocupante (Israel, según la denominación utilizada de tiempo atrás en las resoluciones de la ONU, condenado la ocupación y violencia contra el pueblo Palestino) para poder defender jurídicamente su estrategia contra su oponente, debe distinguir claramente entre los combatientes y los no combatientes y entre los objetivos militares y los bienes protegidos. Las cifras recogidas por decenas de periodistas, agencias, informativos, han dado cuenta de más de 11.000 muertes, de los cuales 3500 son niños asesinados y más de 4000 son mujeres, ancianos y enfermos. Infraestructuras de bienes protegidos, centros culturales, lugares de culto, museos, bibliotecas, escuelas, hospitales, vehículos de transporte médico, totalmente destruidos, convertidos literalmente en polvo, ruinas mezcladas con cientos de cuerpos destrozados. Misiones médicas atacadas, periodistas asesinados, calles, casas, oficinas, refugios, comedores, todo arrasado en una operación rastrillo, para hacer más cruel y relevante el daño y el escarnio propiciado por los “héroes” israelíes, exaltados por el gobierno protector de los Estados Unidos (que nunca ha ratificado los convenios de Ginebra, ni reconocido a las cortes de justicia internacional) y, contratados por su “experiencia” y capacidad por gobiernos de otras latitudes para asesorar y alentar guerras internas.

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       Confiscación, obstrucción y negación de acceso a servicios básicos fundamentales, a agua, alimentos, medicinas, electricidad, comunicaciones, implica violentar al ser humano y trasgredir las normas de la guerra, son crímenes de guerra, en función de “vengar” hasta alcanzar el exterminio no de los combatientes de la brigada de Al-Aqsa, perteneciente a la milicia combatiente de Hamás, participe del gobierno de Gaza en Palestina, que los agredió, si no del pueblo entero, civil, desarmado.

        El DIH limita el ejercicio del poder de los estados y de sus gobernantes y comandantes militares para hacer la guerra. En democracia hay facultades, competencias y normas vigentes que exigen su cumplimiento sin dilación, a fin de evitar que esta sea asaltada por tiranos, vengadores o dementes. Las normas de la guerra aunque permiten poner límites temporales a derecho humanos relacionados con la libre movilización y en general con derechos civiles y políticos, y aunque la guerra sea en sí misma la antítesis y negación de los derechos humanos, aquellos que representan su núcleo duro, como la vida y la dignidad humana, no pueden ponerse a un lado por virtud de ningún estado ni gobierno, cuando esto ocurre, la sociedad, la civilización, está ante un ejercicio de poder terrorista del estado, que recurre a tácticas brutales como asesinatos, tortura, detenciones arbitrarias, hace apología de su ideología extremista y fomenta la violencia a través de su propaganda y discurso oficial, socava la estabilidad de la región, crea conflictos en la región y pone en riesgo bélico y de amenaza nuclear a todo el planeta. Aquí la controversia sobre el estado terrorista se sella con los llamados del alto gobierno a la destrucción total o incluso a darse la oportunidad de lanzar una bomba atómica.   

       Israel como Estado, no puede reclamar, ni justificar la legitima defensa, ni el derecho a defenderse pasados 30 días de crueldad extrema, el plan y su intencionalidad  expresa de exterminio y, la agresión sistemática, convierten cada hecho de fuerza desbordada, en un acto de barbarie y esta barbarie en su clímax de locura e insensatez vengadora, debe ser condenada con urgencia por todo Estado y gobierno que se proclame demócrata y, juzgada como crimen internacional en sus variantes de genocidio, crimen de guerra, lesa humanidad o agresión según el estatuto de Roma y la competencia de la CPI. 

         Ha pasado un mes de Holocausto y el mundo rico no para de hacer cálculos, las empresas van bien, la acumulación de capitales se concentra cada vez más y el G-7 reunido en Tokio a través de los cancilleres, apenas si tocó el tema para hacer la “extraña propuesta” de promover “pausas humanitarias”, sin cese de fuegos, ni rechazo a la barbarie en curso, que ha despreciado todo valor moral e intelectual del ser humano. La fuerza bruta organizada en todo su poderío contra la vida humana, ha arremetido sin compasión y promovido el odio nacional contra el pueblo palestino, lo estigmatiza, inflama el sentimiento de hostilidad y mata, sencillamente mata con sevicia. En un mes las cifras anuncian que un niño es asesinado cada 10 minutos y dos más quedan heridos, expuestos, sin misiones médicas, agua, electricidad y medicamentos.

       Es tiempo para creer que los guerreros ya superaron su sentimiento hostil y han entrado en una fase de brutalidad extrema, de desajuste emocional severo, de revancha y venganza que alimentan con el dolor y olor a sangre de sus víctimas. Es momento para que el sentido de humanidad de los pueblos del sur levante su voz y rabia contra el colonizador, sumen resistencias acumuladas desde siempre y que desde el sur de cada norte se articulen capacidades para que la CPI empiece a juzgar.

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