Uribe y la inocencia que va del honor al horror

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Foto | Agencia EFE
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Por: Manuel Restrepo

“Mi honor es mi lealtad”, fue una frase organizada por Himler, creador de las SS del partido nazi,  tomada de un discurso de Hitler y convertida en un eslogan de los que llamaban “palabras aladas”, que a medida que se esparcían señalaban que nada era más importante que jurar en el nombre de Hitler y quienes se negaron fueron condenados a muerte. Himler casi nunca intentó hallar justificaciones al horror desde un punto de vista ideológico, buscaba que se grabara en las mentes de los asesinos que su trabajo era humanitario y hacia parte de una tarea histórica, “grandiosa, única, una gran misión que se realiza solo una sola vez en dos mil años y en consecuencia, constituía una pesada carga” (Arendt).

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Honor y lealtad parecen tomarse la agenda política del país, a raíz del llamado de una corte de justicia al “presidente eterno”, que rápidamente puso en acción una estrategia ordenada y sistemática para forjar un imaginario de inocencia, basada en el ataque, para defender, el programa de solución final, -aplicado contra opositores y detractores-, como lo indicó, hará lo que sea, desde la libertad, la cárcel o quizá también la clandestinidad. No hay duda de que él es el jefe del elegido jefe del Estado, pero también de la alianza de gobierno con liberales y conservadores, y advierte que no está dispuesto a acatar ningún límite que se le pretenda imponer en virtud de la ley interna o internacional. Ante la impotencia, el pensamiento ofrece un desenlace lamentable por actuación discrecional directa del gobierno americano, que poco respeta límites y cuando quiere rompe frágiles lealtades, rapta y extradita o tira al vacío a antiguos protegidos de poder, como lo hizo con Pinochet, puesto a merced del juez Garzón en Londres; Fujimori, puesto preso en Santiago al salir de territorio estadounidense, o del General Noriega, inigualable colaborador de la CIA, raptado del Palacio de Gobierno y después de una larga condena enviado ya viejo, decrepito y olvidado a Francia a continuar en prisión.

El honor y la lealtad, toman posición para movilizar a los seguidores del régimen Uribe, creados desde cuando la Seguridad Democrática, que no era un programa militar, desplegó sus “palabras aladas”, de guerra y barbarie, sirviéndose del útil instrumento que le dejo el presidente Andrés Pastrana, cuando por cuenta propia, y sin advertirlo a los poderes legislativo y judicial, incorporó al texto de adhesión a la jurisdicción de la Corte Penal Internacional una salvedad de siete años más para su entrada en vigencia (semana.com, 1028/2002), que fue usado como salvoconducto de impunidad y de escape de los determinadores de la muerte, para eludir la observancia de la justicia internacional y mantener bajo bloqueo a la justicia nacional, bien por cooptación, acoso o amenaza a quienes entre adversidades promovían a los derechos como límites al poder del gobierno.

La imputación a Uribe, ya fue cubierta con las “palabras aladas” de honor y lealtad, que crean confusión idiomática y extienden las tareas de propaganda intensiva para tapar la mancha de horror y promover la idea de que existe un conflicto entre el presidente eterno y la cortes, y no un llamado de la justicia a un imputado. Es evidente una estrategia coordinada de jugadas jurídicas, políticas y de opinión, con la lógica del todo vale y el sentido de que la mejor defensa es el ataque. La alineación del equipo (C.D) se despliega mediante tres círculos concéntricos. Uno judicial, en cabeza del Staff de abogados, famosos, mediáticos y también cuestionados (Granados, Lombana, Cancino, De La Espriella); Uno político, que actúa como tanque de pensamiento que distribuye lineamientos a la bancada en el Congreso (jalonada por José Obdulio y Paloma) que reparte órdenes a nodos regionales e internacionales (como Populares y Ciudadanos de España), y atiende las necesidades del gobierno; y  uno de choque o “acción humanitaria” conformado por gente sin rostro, utilitarios que lleven anclada la idea de que el problema no es matar, ni hacer sufrir, ni eliminar oponentes; sino negarse a cumplir el deber que impone la lealtad al líder. En todos los círculos lo común es “cuidar” de todo riesgo al líder por honor y lealtad, y ridiculizar testigos, trivializar pruebas, evadir respuestas, movilizar odios, alentar resentimientos y hacer noticia a su favor en coro y a granel.

Sobre lo concreto de las imputaciones la matriz de la defensa, centra la atención en el hombre, en el ser humano mortal, frágil, común, conmovible e iracundo frente a la acusación directa y simple de sus actuaciones inhumanas sobre una víctima concreta; e impedir como sea, que se fije la atención en el líder autoritario, inconmovible e indolente acusado de haber ordenado y condenado a la barbarie a miles de personas. Un libreto similar lo vivió Himmler (muy cercano a Hitler) que nunca se conmovió ante las acusaciones que le hacían por los millones de asesinatos promovidos por él, pero no pudo soportar la acusación de haber matado a palo y con sus propias manos a un joven.

Los tres círculos de acción del honor y la lealtad buscarán, eludir el horror imputado, e inundar de odio a la opinión pública, revitalizar la polarización, poner a la política de miedo por encima de la amistad y el afecto, y renovar el control de los medios de comunicación, con la mira puesta en despertar un sentimiento de protección colectiva hacia el hombre recio e invencible, de honor y lealtad, que como Hitler, logró inclusive cuando ya había acabado la guerra, algunos seguidores creyeran que el Furher nunca los dejaría solos, porque para evitar su derrota él mismo vendría a matarlos, para liberarlos los gasearia. En equivalencia, la presunción que va del honor al horror, podrá llevar a algunos a decir que: “los defensores del derecho a la paz y la justicia no se tomaran el país, porque Uribe no lo permitirá y que antes de sufrir esa derrota, él mismo vendrá a matarlos a todos”.

Un paralelo de exterminio por lealtad

Hitler no convocó al pueblo a participar del exterminio con un programa de guerra, sus órdenes no guardaban relación con la guerra, ni obedecían a un pretexto de naturaleza militar, ni recurrió a contenidos ideológicos, sino a asuntos cotidianos y llamó cerdos a los condenados a muerte para que nadie se sintiera asesino y conminó a ayudar a morir al débil para impedirle su sufrimiento. Todo inició como un programa médico de eutanasia en la que cada uno debía cumplir su misión con honor y una vez ganada la lealtad de sus seguidores, Himmler les dirigió sus instintos humanos hacia el sujeto activo del odio, para que los asesinos en vez de creer que era horrible lo que hacían, se ufanaran de hacerlo porque estaban convencidos de que su barbarie era en beneficio de los demás, y lo condenable era el espectáculo de sufrimiento y muerte que tenían que soportar de sus víctimas. El 1 de septiembre de 1939 Hitler expidió un decreto llamando a cumplir el deber de conceder a los enfermos incurables el “derecho a una muerte sin dolor”, que dio origen a la muerte por gas entendida como asunto medico (no como operación militar) que se aplicó primero a los enfermos mentales  y después en los campos de exterminio a decenas de millones de humanos. No se sabe de ningún nazi que se haya reconocido asesino, todos dijeron haber actuado por lealtad para “dar al pueblo el derecho a morir sin dolor” y creyeron que los centros de gaseamiento eran apenas “fundaciones caritativas del Estado”, cuidadas por el lenguaje preparado para ocultar, engañar y confundir, como había señalado el primer decreto en tiempo de guerra, que sustituyó la palabra asesinato por la de “derecho a una muerte sin dolor”.

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