jueves, abril 2, 2020

Un lugar en el mundo

Ese día sentí que tenía un lugar para mí, es más, creo que hasta ese día me di cuenta que vivía como si no tuviera un espacio en este mundo, y llegar fue como que tengo un lugar en este planeta. ¡Por fin!”.

Con este testimonio Olis inicia la conversación, lideresa de un grupo de mujeres víctimas de desplazamiento forzado, quienes obtuvieron la asignación de sus tierras restituidas en la región centro de Boyacá, zona donde están radicadas hace más de una década después de una larga trashumancia por Colombia. Un logro concretado luego de cuatro años de trámites, reuniones, negativas, momentos de suspenso e incertidumbre, pero, sobre todo, un curso inagotable de cómo hacer efectiva la exigibilidad de los derechos de las mujeres víctimas venciendo el sinnúmero de obstáculos presentados en el camino.

Es un lunes de agosto de 2015. Olis y Esperanza* y dos mujeres más, junto con sus familias, esperan ansiosas, aún con algo de incredulidad, por la firma que las nombre como poseedoras de ese terreno añorado. Aquel pedazo de tierra que lucharon gracias al impulso de su organización ante el Incoder, como parte de su reparación.

Es sin medirlo, uno de los días de mayor felicidad y satisfacción para todas. “Imagínese, de las felicidades más grandes que he recibido en estos años, eso fue satisfactorio completamente, veía lo mismo en las demás compañeras, en las familias, los hijos, en todos”. Estas palabras de Olis lo expresan de manera especial, pues fue ella quien asumió el liderazgo del proceso convencida de un propósito: traspasar las barreras y dificultades institucionales en la ruta de acceso a la reparación.

Ahora que llevan varios meses de sentir propio este terreno, son varios los proyectos y seguridades que empiezan a tejerse. Al divisar desde la cuesta este espacio o caminar el territorio que poco a poco se va habitando, la memoria hace su trabajo; llegan intactos los recuerdos significativos que hacen que el pertenecer se convierta en una sensación grata y plena para estas mujeres que en algún momento creyeron perderlo todo, el arraigo, las raíces. “Eran muchos recuerdos que venían, la niñez, los momentos felices, estar al lado de mi papá en la finca, porque yo era todo el rato con él, que cuidando el ganado, los cultivos, muy bonito”, manifiesta Olis.

*Nombre cambiado a solicitud de la entrevistada.

¡Valió la pena luchar!

Y es que el camino no ha sido fácil. De acuerdo con las estadísticas de la Unidad para las Víctimas, de forma gradual Boyacá se ha convertido en una región receptora de población en situación de desplazamiento forzado. Hasta la actualidad se han recibido un total de 33.039 personas en esta condición, quienes optan por reubicarse en los centros urbanos como Sogamoso, Tunja, Duitama o Chiquinquirá, de las cuales 16.325 son mujeres, la gran mayoría madres cabeza de familia, quienes van asumiendo e inventándose la vida en el día a día como la única forma de hacerle el quite a las necesidades apremiantes, esas que no dan espera.

La obtención del subsidio integral de tierras otorgado por el Incoder fue el inicio de todo este proceso que, de acuerdo con su principal lideresa, fue “largo, dispendioso y difícil”. El recorrido de este grupo de mujeres para alcanzar esa meta estuvo sembrado de muchos altibajos y luchas; no solo ante la institucionalidad por las rutas y requisitos de acceso, las formalidades de tipo legal y procedimental, y el paso del tiempo sin una respuesta certera, sino por sus consecuencias: la desmotivación y el debilitamiento en más de un momento del grupo. Dificultades a nivel organizativo que exigieron una voluntad férrea para persistir y no fracasar en el intento, manteniendo la claridad de lo que se quería alcanzar, un piso para proyectarse en la vida como mujeres y guías de sus familias.

“Es que ir de un lado a otro, de una casa a otra, eso sí que duele y es un daño muy grande, que los hijos crezcan sin un papá, sin una casa, sin saber dónde es la casita de la abuela, eso es terrible”.

Son variados los caminos transitados para llegar a estos liderazgos femeninos. Sus pasados llevan como marca grandes rupturas y pérdidas, originadas en el desplazamiento forzado sufrido en las regiones más azotadas por la confrontación armada entre guerrilla y paramilitares, el despojo de sus tierras, el secuestro y la desaparición forzada de familiares. Hechos que desencadenaron la desestructuración familiar, el abandono de sus parejas y la responsabilidad de tener que asumir, sin más, el destino de una familia rota para continuar garantizando el cuidado y sostén emocional de los hijos y las hijas. “Es que ir de un lado a otro, de una casa a otra, eso sí que duele y es un daño muy grande, que los hijos crezcan sin un papá, sin una casa, sin saber dónde es la casita de la abuela, eso es terrible”, afirma Olis.

Salir adelante en medio de la adversidad ha sido una tarea titánica y asentarse finalmente en Boyacá no menos, pues tuvieron que pasar de ser mujeres dedicadas al campo y el hogar a sortear todo tipo de labores de venta ambulante en cada uno de los lugares por los que pasaron antes de llegar al departamento. De acuerdo con la documentación recopilada por diversas instituciones académicas y organizaciones acompañantes de mujeres, la condición itinerante de las víctimas de desplazamiento forzado y la sensación de desarraigo producida por la falta de referentes que permitan afirmar relaciones y construir vínculos resultan ser graves impactos psicosociales para las mujeres y sus familias.

Es en ese andar constante de un lugar a otro, y atraídas por la ilusión de una oportunidad de vida, estas mujeres llegan a Boyacá, una tierra percibida como tranquila y segura, donde la guerra aparentemente no ha llegado. Una tierra en la que se empiezan a visionar muchos retos frente al fortalecimiento organizativo de las víctimas y especialmente al empoderamiento de las mujeres; porque aún persisten muchos obstáculos socioculturales, institucionales y organizativos para que las mujeres gocen de una autonomía y un liderazgo encaminado a la visibilización de sus afectaciones y la reivindicación de sus derechos humanos. Desafíos que han aceptado pese a la poca continuidad de los procesos, la escasa participación resultante del machismo que dificulta una formación política sólida para las mujeres víctimas en Boyacá.

Los caminos que siguen

A pesar de lo ganado estas mujeres no bajan la guardia en la conquista de sus sueños familiares y colectivos. La obtención de este terreno es tan solo el primer paso en la reconstrucción de sus proyectos de vida ya no como víctimas sino en calidad de ciudadanas; con la perspectiva de transformarse en empresarias tienen la idea de tener un proyecto asociativo de productoras de carne de oveja en el que ya están trabajando, como contribución al desarrollo del departamento.

Cultivar la tierra, permitir que florezca y dé fruto la semilla, es parte de sus anhelos desde el ser mujeres. Para Esperanza, otra de las mujeres luchadoras de Boyacá, “un sueño personal es establecer una granja integral, donde haya el disfrute de la vida, rodeada de los árboles frutales, la huerta casera, las hortalizas, las gallinas”.

Sin menor importancia, está el legado de la educación para sus hijos e hijas; ese patrimonio invaluable es para estas mujeres una meta en la que trabajan pulso a pulso y sin descanso, para ser en todo momento apoyo en el logro de sus sueños y metas.

”Yo sí creo que es importante apoyar a las mujeres que muchas veces son maltratadas para que se valoren, demostrar esa fuerza que tenemos”.

Como la organización es algo casi innato a su esencia como mujeres lideresas, el llamado es vehemente: apoyar y reconocer el valor de las demás mujeres en todos sus roles y quehaceres. Por esta razón y, en la perspectiva de la construcción de la paz, donde las mujeres gocen de una vida libre de cualesquiera tipos de violencias, la proyección es aportar a mover poco a poco las estructuras patriarcales que mantienen a cientos de mujeres boyacenses sumidas en las violencias privadas, esas que son ejercidas en las cuatro paredes del hogar y se han normalizado en la cotidianidad de una ruralidad congelada por la tradición. Esperanza comenta: “la organización es muy importante, uno se fortalece mucho más; como dicen, la unión hace la fuerza, por eso yo sí creo que es importante apoyar a las mujeres que muchas veces son maltratadas para que se valoren, demostrar esa fuerza que tenemos”.

El mensaje de estas protagonistas desde sus historias y trayectorias vitales frente al papel de las mujeres en la construcción de paz para Colombia es categórico, al plantear con claridad y seguridad: “para mí el papel de la mujer es edificando desde la familia, en el trabajo, la parte organizativa nuevos valores para la reconciliación de la sociedad de nuestro país. Eso sí, una paz con justicia social porque paz con hambre no hay, o paz con necesidades no hay; para que haya realmente garantías de no repetición y donde salga a la luz la verdad como lo dice la Ley, esa es la construcción de la paz que las mujeres queremos”.

Esta Crónica periodística fue ganadora del reto Mujeres: historias de resistencia y construcción de paz, organizado por Consejo de Redacción –CdR– con el apoyo de la DW Akademie.

Crónica periodística y fotografía| Paola Andrea Díaz Bonilla

Diseño multimedia | Julio Medrano

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