Solo la unidad colectiva en cada pueblo, llevará a formas decisivas de desarrollo

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En Colombia y aún en la mayoría de los países latinoamericanos, pasan generaciones sin que se aprenda la lección de vida dada por uno que otro pueblo de la tierra, que nació de la esperanza y de la seguridad desde el momento que llegó a vibrar como con un solo corazón al dejar de verse gobernado y encontrar finalmente alguna figura capaz de interpretarlo y defenderlo, ya como conductor del gran conglomerado humano.

Cuando observamos que muchos pueblos de la tierra persisten en su necedad de elegir simples “mandatarios”, acabamos por darle razón a tantos críticos y analistas cuando dicen: “Cada pueblo se merece sus gobernantes”. En otros términos podríamos decir que solo contados pueblos del planeta han llegado al privilegio grande de merecerse un conductor que les “abra su propio camino al andar”.

Algo va de gobernante a conductor, en unos tiempos como los actuales, cuando lo que prima es el interés por utilizar a los pueblos y no por liberarlos de sus condicionamientos. A sabiendas de que la vocación histórica de todo pueblo ha de ser la de despegar hacia formas decisivas de desarrollo, a partir de su propia unidad colectiva.

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Imperativos de esta naturaleza nunca son contemplados por gobernantes; por eso los pueblos del inmenso mapa de países en vía de desarrollo se ven condenados cada vez más al gran fenómeno de la desesperanza; que es algo así como ir a la deriva; sin que se experimente el derecho a tener presente y futuro del todo promisorio. Lo que en otros términos equivale a no tener norte.

Una de las peores desgracias que pueda tener un pueblo de los que hoy tanto llamamos de periferia, al ser apenas un invitado de piedra, en cualquier asamblea con la presencia y manejo de poderosos de la tierra, es haber permitido que al interior de su estructura social y política, se haya impuesto el concepto de clases privilegiadas.

Es tanto como abrirle paso a los abusos y cinismos. Los mismos que se reflejarán en esa sociedad de emergentes y que vienen a ser los apátridas; al figurar como los incondicionales servidores de unas élites económicas y políticas; que para ironía del mismo pueblo, llamado cada tanto a la “fiesta de la democracia”, son las que imponen y mantienen sus propios gobernantes.

Una situación de esta naturaleza solo se presenta cuando en un pueblo ya no funciona un mínimo de identidad. Y es que entre otras cosas, los gobernantes, están precisamente para impedir que en su nación vaya a prosperar siquiera un fenómeno de populismo, menos aún de nacionalismo auténtico.

Cuando en un país como Colombia no surgen condiciones para que por lo menos los sectores vulnerables se vean encaminados hacia una nueva conciencia de la política, que les permita conocer y analizar las causas profundas de su propia situación de pobreza, de miseria y lo que es peor, las causas de su anonimato, al verse desconocidos o no atendidos mínimamente por el Estado, entonces, es porque encontramos  que como colombianos, aún en sus grandes mayorías, se han acostumbrado a tener al frente de la nación a un gobernante y que como pueblo, está lejos de merecerse un conductor.

El letargo de un pueblo está también en no verse impactado por lo que tanto cobra fuerza en algunas culturas de lucha; siempre por una independencia, por una libertad, por una identidad; hasta por una forma de defender un “sueño histórico”: el de llegar a hacer de todo un país el paradero propio, de seguridades plenas, con Estado del todo consagrado a ser signo de vida, de armonía ante la faz del mundo.

 

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