Socialismo y perfidia

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REUTERS / Thomas Mukoya
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Por/ Efraín Jaramillo Jaramillo-Colectivo de Trabajo Jenzera

En Colombia, como en el resto de países de Latinoamérica, fue la revolución cubana de 1959 la que subió al pedestal del pensamiento político la ideología socialista. Muy pocos escaparon al hechizo de esta revolución alcanzada por las armas. A partir de entonces estuvo fuera de discusión el ‘mandato histórico’ de hacer la revolución socialista en toda América.

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“…quien sabe por dónde andarás quien sabe que aventura tendrás…”
Los Panchos

Un “fantasma recorre” a Colombia. Es un fantasma que llegó al país para quedarse y se niega a desaparecer. Nacido en Alemania recibió el bautismo en la revolución rusa de 1917 para lentamente transformarse en el primer totalitarismo del siglo XX. Resistió todas las embestidas del Nazismo, el segundo totalitarismo, y cobró vigor con la revolución china de 1949.

En Colombia, como en el resto de países de Latinoamérica, fue la revolución cubana de 1959 la que subió al pedestal del pensamiento político la ideología socialista. Muy pocos escaparon al hechizo de esta revolución alcanzada por las armas. A partir de entonces estuvo fuera de discusión el ‘mandato histórico’ de hacer la revolución socialista en toda América. Donde se dividían los espíritus era en el carácter de esa revolución y los métodos y estrategias para alcanzarla, lo que condujo a la multiplicidad de visiones sobre la ruta a seguir. No exageran los analistas que deducen que en el país se ensayaron todas las vías imaginables –políticas y armadas– para llegar al socialismo. Y no fueron pocos los que se extraviaron por esos ‘andurriales’…

Aunque estoy seguro que muchos disentirán de lo que voy a decir, no creo estar muy alejado de la realidad, si también deduzco que fueron las vías armadas las que más influenciaron política e ideológicamente a los colombianos, porque interpelaron de forma directa a sectores populares, fundamentalmente del despreciado y ultrajado campo colombiano. En las armadas fueron las guerrillas liberales del Llano y del Tolima las que despertaron el ímpetu rebelde de los colombianos, pues se trató de verdaderas insurrecciones armadas de campesinos liberales para sacudirse la violencia organizada en su contra desde el Estado, durante el gobierno conservador de Laureano Gómez –Si, el admirador de Franco que llamaba “bárbaros contemporáneos” y “lastres del desarrollo” a indios y a negros. Pero fueron las guerrillas de genealogía socialista –Farc, ELN, EPL– las que ‘encendieron la pradera’, alineadas con los centros rectores del comunismo mundial –Moscú, Beijing o La Habana– o del parroquial Ayacucho, ¿alguien se acuerda todavía de aquellos ‘guardias rojos’ de ‘Sendero Luminoso’, que sin haber hecho ningún tiro, si regaron de ideas y panfletos las universidades y en especial los departamentos de antropología del país? Para completar esta breve y superficial presentación del árbol genealógico de la lucha armada en el país, habría que mencionar también las otras versiones y tendencias en que se dividió el maoísmo y las versiones guerrilleras de izquierda independiente, nacionalista o indigenista como el M-19 y el Quintín Lame, etc. Es decir, en la lucha armada Colombia ha sido muy generosa y hospitalaria. Ha recibido todas las tendencias socialistas del mundo, lo que es también una muestra del grado de atractivo y seducción que han ejercido las armas sobre los colombianos.

Pero más. Existían vasos comunicantes entre las organizaciones políticas y las armadas, una exégesis ideológica que condujo a la combinación de todas las formas de lucha, con consecuencias siniestras, cuando una derecha punitiva, también acostumbrada a ejercer todas las formas de lucha, entró en acción y formó sus propias huestes para defenderse, iniciándose así la etapa más sangrienta del país en las últimas décadas, que acabó con gran parte de la izquierda. En el campo socialista, un infortunio adicional se presenta cuando se lleva al campo militar las divergencias ideológicas internas. En varias regiones de Colombia muchos recuerdan lo que le sucedía a quién osara cuestionar o desviarse de “la línea correcta”: Lo de siempre, el fusil los enderezaba. Lo que podía llegar hasta la demencia (¿alguien ha oído hablar de la Masacre de Tacueyó?)

La principal guerrilla –las Farc– ya es pasado. Y aunque quedan ‘vivos y coleando’ el ELN y el EPL, estas guerrillas, fueron descolocadas políticamente por las exitosas negociaciones de paz que hicieron las Farc. Sin una agenda política imaginativa, debilitados militarmente y desestimando las ofertas del gobierno, recurren a acciones rayanas al terrorismo, añadiéndole así nuevos agravios al pueblo colombiano. No representando las vías armadas una amenaza para el Estado, esas cruentas luchas por el socialismo son un asunto del pasado. Pero ¿Qué queda entonces? Quedan los que aspiran a acceder al poder por la vía democrática, para desde allí construir una sociedad comunista, que no pudieron conquistar con las armas. Una tarea que tienen difícil, ya que los faros de este modelo de sociedad sin clases, Rusia y China, se apagaron hace mucho rato. Queda también la Social Democracia –también de génesis marxista– que habiendo echado raíces en la clase obrera se encuentra hoy en pleno retroceso en Alemania, Francia, Inglaterra, Italia, España –sus bastiones– con el descenso de la ‘clase obrera’ en el ocaso de la sociedad industrial.

En Colombia, con un incipiente desarrollo industrial y débil clase obrera, no ha sido tierra abonada para que un partido social demócrata eche raíces, una aspiración truncada que tuvieron los fundadores del pensamiento liberal, que como Rafael Uribe Uribe, exhortaron a su partido, sin éxito a “beber en las canteras del socialismo”.

Es en el campo colombiano, más exactamente en la lucha del campesinado por la tierra, donde los partidos de izquierda hicieron sus primeros pinitos escolares. No obstante no acababan de terminar la primaria cuando ya estaban experimentando los primeros cismas ideológicos, que los sacaron del juego político, arrastrando tras ellos al movimiento campesino más importante de la reciente historia de Colombia. Y es también en el campo colombiano donde echaron raíces, pero también donde fracasaron todos los grupos guerrilleros que han existido en Colombia. De estas luchas socialistas quedan solo imágenes de campesinos levantando puños, blandiendo machetes y canciones que incitan a la rebelión y a la toma de tierras, imágenes que poco o nada le dicen a los hijos de la postmodernidad. Sólo un par de nostálgicos y panzudos veteranos echándose unos tragos, pueden conmoverse con “La lora proletaria”, “El campesino embejucado” y “La mula revolucionaria”, o deleitarse con los vallenatos de Julián Conrado –el cantante de las FARC– y su postmoderna banda ‘Conrado & The Rebels All Stars’, cuyas actuaciones son coreadas con arengas anti-sistema. Muy pronto serán, ya se intuye que son, parodias de un pasado que no volverá, estatuas de sal de una izquierda inocua y festiva.

El punto es que se trata de un socialismo que a pesar de haber muerto sin haber alcanzado su mayoría de edad, viene renaciendo como ave fénix, evocado por mutantes postmodernos, que llenos hasta el hartazgo de ambición y frivolidad, nos quieren atosigar con sus diatribas contra la democracia liberal –la de la separación de poderes, la que fundó los derechos humanos universales– a la par de pretender con babosas baratijas ideológicas, que cuando engullamos su torta ‘progresista’ anti-establishment, no nos intoxiquemos.

Estos socialistas postmodernos están regados por todo el mundo; no pertenecen a ninguna clase social; sus enemigos tampoco. Son híbridos sociales ungidos por una superioridad moral cuyo interés es atraer la atención de sectores populares y canalizar su descontento hacia un enemigo común, tan impreciso como el ‘establishment’, que definen como lo que está por encima de todos nosotros y nos oprime, una cúpula política que sería la responsable de todos los males que sufrimos. Con histriónicas apariciones públicas y una retórica que camufla la ausencia de ideas, estos líderes, como el español Pablo Iglesias de ‘Podemos’, el francés Jean-Luc Mélenchon, de Izquierda Radical, el griego Alexis Tsipras de Syriza (coalición de izquierda radical) comparten con el populismo –de izquierda y derecha– la desconfianza en el carácter racional de las democracias liberales y representativas. Son simpatizantes del socialismo del siglo XXI del bolivariano Hugo Chávez, al cual distinguen como uno de sus mentores ideológicos y del cual han aplaudido sus desaliñadas ocurrencias mediáticas, dirigidas a exacerbar los resentimientos de los más pobres, los ‘descamisados’ de Evita. Algunos de estos líderes han logrado dudosas hazañas en política, como la de debilitar y llevar al ocaso a los partidos socialistas europeos, mérito villano que comparten con los también postmodernos populistas de la derecha xenófoba europea como la francesa Marine Le Pen, la alemana Frauke Petry, el austriaco Norbert Hofer, el holandés Geert Wilders, el italiano Matteo Salviny, el griego Nikos Michaloliakos, el danés Kristian Thulesen Dahl y un detestable etcétera.

Definitivamente estos postmodernos socialistas representan un riesgo para cualquier democracia. Sobre todo un peligro para la construcción de esa democracia intercultural y moderna que buscamos construir en Colombia. Y es en ese sentido que no podemos  observarlos como extravagantes actores del espectáculo de la política a la Berlusconi y dejarlos pasar, en la creencia de que las urnas los purgarán.

En este sentido es meritoria la sobresaliente actuación del demócrata austriaco, Alexander Van der Bellen, que demostró con su triunfo sobre el ultraderechista y xenófobo Norbert Hofer del Partido Liberal de Austria, que era posible detener el avance de candidatos populistas. Para derrotar a Hofer, que hasta ese momento era el candidato más opcionado para ganar las elecciones presidenciales, el demócrata Van der Bellen decidió a sus 72 años, visitar pueblo por pueblo y aldea por aldea, pues entendió que la política no se hace en las redes, en facebook o en twitter. Pero sobre todo, a diferencia de lo que suelen hacer socialdemócratas y liberales, Van der Bellen abandonó los modales refinados de hacer política y contraviniendo a su propio temperamento amable, decidió enfrentar a Hofer como a un peligroso enemigo político, mostrando lo que en realidad era: un racista y un aventurero oportunista que no le importaba empujar a su país al abismo, alentando la xenofobia. Lo más llamativo es que fue la población más joven la que le dio el triunfo, rescatando con ello a la democracia.

Noam Chomsky analizando la campaña presidencial en su país es de la opinión que el Social demócrata Bernie Sanders, de 75 años, tenía las mismas credenciales democráticas de Van der Bellen para enfrentar al también racista y peligroso oportunista Donald Trump. No duda Chomsky en conceptuar que las posibilidades de Sanders de ganar las elecciones eran mayores que las de Hillary Clinton. Pues Sanders a semejanza de Van der Bellen, había logrado entusiasmar a un público apático, obteniendo, además, el favoritismo entre los electores jóvenes. Los dos entendían muy bien que la democracia para que exista debía ser defendida con pasión. Por eso Van der Bellen se fue a las barricadas. O lo que es igual: los dos entendieron que la democracia no solo es una forma de gobierno, sino que, cuando los tiempos así lo exigen, debe ser, además, una militancia.

Desafortunadamente las ambiciones de los Clinton, que han actuado siempre siguiendo a sus instintos de poder, y el apoyo (¿error?) que Obama le dio a Hillary Clinton en las primarias, dejó por fuera de la competencia a Bernie Sanders, empujando con ello a Estados Unidos (¿y al mundo?) al abismo del odio.

Para terminar, estas notas no serían comedidas con todo lo que antes se ha relacionado, si no reflexionáramos sobre lo que está sucediendo en Colombia en los últimos tiempos, con todos los movimientos que apelan al pueblo para captar niveles de apoyo de los ciudadanos. Preocupa que en estos movimientos que se reclaman socialistas –o de izquierda, que es el término genérico– crezcan las desavenencias con la democracia liberal y se vea en una ruptura con los principios liberales, una ruta para conseguir la paz. Y preocupa porque semejante a Putin y otros socialistas de antaño, la relación que tienen estos postmodernos socialistas del siglo XXI con la democracia liberal es meramente instrumental, pues no dudan en nombre del anti-imperialismo, condescender y hasta rendir pleitesía a regímenes autocráticos como Nicaragua o Venezuela, Siria o Turquía…

Preocupa sobre todo que desde esa perspectiva ideológica y práctica política vayan a intervenir en los asuntos de los colombianos, quitándole el rostro humano al sueño socialista que todos, aunque de diferente manera, llevamos en nuestras entrañas. Y preocupa porque ya algunos se encuentran haciendo fervorosamente la tarea.

 

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