Sobre el POT y la participación

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Panorámica del sector donde el grupo Éxito construye en Tunja su nuevo centro comercial, considerado el más grande de Boyacá. Foto | Hisrael Garzonroa
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Por | Israel Cabeza-Morales

En el contexto universitario solemos cuestionarnos frente a la forma como se desarrollan algunos procesos, a juicio de unos, solo aportamos problemas, quizá por el común denominador de las experiencias conocidas hasta ahora. A continuación, espero no hacer parte de la crítica exacerbada sino de una apuesta propositiva frente al tema del POT.

Por estos días, se promociona la participación de la comunidad en un espacio gestado desde la Secretaría de Planeación Municipal, cuyo carácter participativo resulta cuestionable toda vez que pretender legitimar como participativo un espacio cuyo objeto real es socializar avances, prueba de ella es que no se ha garantizado una cobertura real del área y los actores del territorio municipal.

Sin embargo, desde la academia, vemos con preocupación cómo las discusiones se reducen a la definición del perímetro o borde de crecimiento urbano, así como los cambios de uso en algunos puntos rurales; pareciera que el municipio fuese la ciudad y un pedazo de tierra que aún no se ha urbanizado y que se debe urbanizar, para llegar a una idea desarrollo.

La forma como se abordan los temas de planeación en Tunja y en gran parte del Departamento, dan una idea de que aún asumimos una postura parroquial bajo la cual cemento (urbanización) es progreso. Cuando deberíamos estar respondiéndonos a preguntas como: ¿Cuál fue el alcance del POT que adoptó el municipio desde el 2001? ¿Qué cambios ha presentado en su dinámica, más allá de su forma? ¿Qué municipio queremos dejar a nuestros hijos?

Que reconozca la ciudad, pero también su ruralidad, que no la asuma como un escenario aislado.

Para ello lo ideal sería hacer un balance o diagnóstico, frente a los aciertos y desaciertos que hemos tenido en los últimos años, con el fin de que la propuesta a construir sea parte de un proceso, que dé cuenta de un modelo territorial, que reconozca la ciudad, pero también su ruralidad, que no la asuma como un escenario aislado, sino que parta del reconocimiento de los flujos funcionales que la definen e integran (perspectiva regional).

Deberíamos estar preocupados por una ciudad garante de suficientes áreas verdes para nuestra población, con escenarios apropiados para jóvenes y ancianos; en la que el reconocimiento de la realidad natural fuese la muestra de esa identidad con “LA TIERRITA” que caracteriza a los boyacences. Deberíamos estar pensando en dar una solución a la proliferación de barrios cada vez más pequeños, estableciendo norma urbana, zonificando para poder descentralizar y garantizar una adecuada distribución del equipamiento urbano y rural que es la principal fuente de segregación a nivel territorial.

Ojalá la administración municipal brinde muestras de un compromiso real con la participación en estos procesos y entre todos podamos definir una modelo territorial, unas acciones para hacerlo realidad desde nuestra cuadra, barrio, zona urbana y área veredal cercana, puesto que a veces creemos que el objeto es la ciudad, olvidándonos de lo rural que es agente determinante de esa unidad territorial a ordenar (municipio).

El trabajo debería hacerse barrio o barrio, o por grupos de estos, con líderes comunales, y la participación de los gremios debería hacerse también de cara a las comunidades. Para empezar, bastaría por invitar a acompañar estos procesos a través de veedurías ciudadanas, a las cuales podrían articularse nuestros jóvenes, con seguridad ello sería posible con un trabajo articulado desde los proyectos transversales de ciudadanía que coordina la Secretaría de Educación y podría contar con el apoyo de la Secretaría de Gobierno.

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