Para Pedro Mendieta

Foto | Hisrael Gazrzonroa

Por | Silvio E.Avendaño C.

Del Colegio Industrial pasó al Liceo Nacional, en Chiquinquirá, cabalgando en la radio y difundiendo las inquietudes y cuestionando la atmosfera provinciana. Un paro estudiantil dio fin a su estancia en la Universidad Nacional.

Entonces fue a San Gil para hacer posible un periódico e imprimirlo en Bogotá. Y mientras las rotativas prensaban las planchas leía. Volvía a Tinjacá donde el color del paisaje iluminaba su alma. Observaba el devenir de los hechos. Más, su interés se centraba en si era posible la res pública, en una atmósfera donde se hace alaraca del interés público y la democracia, pero donde lo que importa, interesa y mueve a los prohombres no es otra cosa que el interés privado, disfrazado con buenas dosis de solidaridad y realizaciones humanitarias.

Y, fue tal su tesón, que hizo posible el Diario, ese sueño que ardía en su entendimiento desde los tiempos de la secundaria, allí donde crecía la crueldad de los “morracos” y de los esmeralderos.

Pero la cuestión no era solo hacer el periódico sino distribuirlo de manera gratuita por los diferentes caminos del departamento, además, de forma virtual. Detenía el auto para hablar de los problemas con la gente común y silvestre. Y con ese espíritu de broma escuchaba a los caminantes, a los lugareños, a los campesinos. Asistía con espíritu crítico a las sesiones de la Asamblea Departamental y escuchaba a los alcaldes, como también acudía a los lugares donde se discutían, no solo los temas nacionales.

Pero lo que más caracterizaba a Pedro era la ironía pues tenía agudeza para ver la realidad a través de los ojos del crítico, como se plasma en las columnas del Pasaje Vargas: “Nuestros académicos siempre lo repiten: cualquier fiel o infiel cristiano puede hacer lo que se le ocurra con las cosas que son del gran leviatán, es decir, de ese gran monstruo que es el Estado. El sujeto bribón y oportunista puede robarse los impuestos, robarse lo público, hacer tal cual, o muchos chanchullos, no ir a trabajar, pero cobrar el sueldo, hacerse pensionar dos veces, tramitar la escritura de propietario de las plazas de Bolívar donde quiera que las haya, hacerse titular las tierras de los indios o correr los linderos de los baldíos…”

El poder religioso lo llevaba al escepticismo porque sospechaba que la cuestión no es tan simple como la del pastor y las ovejas. Y, en la indagación, no podía faltar en su espíritu la cuestión política, en la que supuestamente se pretende la res pública para repartirla como la vaca pública.

Pero lo más llamativo de Pedro Esaú Mendieta es que no se dejó enredar por el dogmatismo, ni tampoco se afilió a ninguna secta ni partido, tuvo siempre claro que lo importante es que la verdad hay que aceptarla venga de donde venga, sin defender a nadie y siempre con la pregunta sustentada en el ¿por qué?

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