Nunca en Colombia, gobierno alguno, ha sido del Pueblo

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Nunca estuve tal lejos de mi propia clase de origen, tan lejos de sentirme hijo del Pueblo, como cuando me creí grande, importante, al haber tenido ocasión de posar para la prensa, al lado de un presidente que lo fue de Colombia”.

Así llegó a expresarse un joven profesional, de actividades en la provincia, luego de darse cuenta que había sido un emergente más en la “política”, llevado por la vanidad común: la de buscar sobresalir, así sea por algún momento, en un afán por sentirse ya perteneciente a una élite de prestigio y figuración.

No es fácil encontrar en el medio colombiano a gente de algún poder o influencia en su propio ambiente, que alcance a reflexionar sobre sí misma, a darse cuenta que la honra o el prestigio, no es asunto de llegar a “codearse” con tal o cual figura de la “política”, del gobierno, sino en ser consecuente con las perspectivas y las luchas de esas clases populares que han existido desde siempre en Colombia y que se pierden de vista, cuando se ha caído en la vanidad de ingresar al simple “club de la política”.

En nuestro país, no sabemos por qué aparecen tan “entronizados” los hombres que han estado al frente de los manejos de la Nación, rodeados más de “lagartos y manzanillos”; y que son como los encargados de hacer creer en valores infundados de quienes han llegado a la Presidencia de la Republica. Porque es cierto, el mosaico de Presidentes, no es que muestre siquiera uno, que haya irrumpido la Historia, colocándose en los anhelos de un Pueblo, que siempre ha estado en trance de “ser”, sin que jamás lo haya logrado.

En otros términos nunca ha existido un Presidente de la República, capaz de asumir y defender el gran concepto de revolución. A sabiendas de que revolución, en su esencia, significa simple y llanamente cambio rápido, eficaz; siempre dentro de la perspectiva de justicia social. En Colombia no ha existido sino uno que otro “reformista”. Por lo demás, se ha contado con mandatarios que poco o nada han tenido de estadistas.

Pero volvamos a la cuestión de fondo: No ha existido ningún Presidente, que haya tenido la “garra política”, como para merecer verse entronizado en el alma y en el corazón de todo un Pueblo. Como quien dice, ha faltado la figura histórica capaz de desmontar el “gran sanedrín”; el mismo que en cada época va apareciendo conformado por “prohombres de la política”, la partidista y la de poder económico. Es el “gran sanedrín”, que ha tenido que ser soportado en esta Nación de historia Republicana y de extrañas experiencias de “democracia”. Y donde se han sentido “grandes de prestigio”, cualquier número de “emergentes de la política”, más para llamarlos simples “lagartos y manzanillos”, para emplear términos que hasta lo son del pueblo raso.

Lo cierto es que resulta risible el número de colombianos, que aún a esta hora, viven haciendo memoria de sus grandes “capítulos de vida” al lado de este o aquel “personaje de la política”, en épocas gloriosas que consideran; cuando aún no existía el fenómeno de las pequeñas y grandes “mafias” en los manejos de la cosa pública, de la “política”, sino a lo sumo el “llamado clientelismo”. Es triste y deprimente oír hoy al hombre de la calle diciendo: “Nos tiene llevados a la peores desgracias: el encontrar que tantos Concejos Municipales y aun manejos de Alcaldías, vienen a ser casos de pequeñas “mafias: como en un contagio de esferas de lo alto, de lo malediciente y lo inescrupuloso que viven atendiendo en sus propias diligencias e investigaciones los organismos de control y por sobre todo la Justicia.

Entre tanto se sigue en una historia de Presidentes, no más que programados y elegidos para lo que tanto ha importado y seguirá importando como lo prioritario: defender los intereses de una “clase política y económica”; así unos “resentidos de lo social” hablen de totalitarismos. De todos modos la constante puede ser esta, al menos para sectores un tanto maduros en su concepto de la Política, ahí sí como actitud de vida, como instrumento del más modesto concepto de revolución: “Una cosa es tener el Poder y otra muy distinta es tener la Razón”.

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