Nada de prestarse para elegir “emergentes de la política”

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Los signos de vida y esperanza para pueblos y regiones, solo pueden esperarse de hombres que en el juego de la política resulten confiables: tanto, que desmontarán la falsa “democracia” de emergentes. 

A lo largo y ancho del país encontramos que la actividad política es tan atractiva, tan pletórica  para llenar ambiciones, para imponerse en orgullos, para alcanzar renombre, para hacer protagonismos, para obtener pleitesías, en fin son tantas las ventajas que logran las conquistas o triunfalismos políticos, que hoy al lanzarse a este tipo de actividad pública nadie hay que se detenga a pensar si tiene o no carisma para ello. Basta apoyarse en lo que se cree poseer, manejar, en lo que se tiene, en lo que pueda ser distintivo y aún en lo que se lleva como experiencia de viveza o sagacidad.

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Por principio de constitución cualquier ciudadano puede  postularse  como candidato a corporaciones públicas. No se requiere entonces ni de discurso, ni de pergaminos, ni de títulos académicos para enrolarse en lo “político”  y llegar incluso a altas posiciones de manejo de lo público o figuración en uno de los tantos recintos de la “democracia”.

Aún para un simple concejo municipal, cada quien que se considere con tres votos, se cree en el derecho de figurar en una lista. Al fin y al cabo eso es la “política” y eso es la “democracia”. Pero de ahí a la agudeza, a la fineza y a la sincronización de la actividad política, hay mucha distancia.

Al observar vitrinas, tachonadas de cualquier número de candidatos, como en la gran feria por el voto, cualquier observador desprevenido encuentra que nunca antes se había presentado un fenómeno de inconciencia; que son muchos los casos de gente desubicada; esto es, fuera de lugar; que hay mucho aspirante que para todo servirá, menos para lo que se necesita en la actividad política. ¿Qué? La capacidad para la eficacia; para producir hechos que le den  algún viraje a la historia; para salirle al imperativo grande de transformar las costumbres “políticas”; para que así, municipios, provincias, departamentos y nación, encuentren que “el camino es por más arriba” y no por el deprimente sendero que han pretendido trazarle los “prohombres de la política”.

Pero algunos signos tendrán que señalar lo que se busca; indicar de lo que se trata. ¿Qué? Precisamente signos para demostrar que “el camino es por más arriba”. Como signos, ¿han sido acaso prodigio político de gente de partidos, que en metrópolis o ciudades intermedias, viven haciendo escándalo de “ruido y platillo”, con su manera de entender la “democracia”? No. Los signos de vida y esperanza aparecen en una que otra población de la geografía, llevando tal vez años  de anonimato, de abandono por parte del mismo Estado.

Como comunidades municipales encontraron que eso de prestarse para que se lanzara cualquier número de candidatos a la alcaldía, a nada conducía y sí en cambio se continuaría en el retroceso con la llamada “democracia”.

Como pueblos  llegaron a dictaminar que sólo podía figurar un único candidato a la alcaldía. Eso sí acordado su nombre por consenso; por gran acuerdo ciudadano; para desmontar de una vez por todas, ese jueguito de narcisistas, de monigotes, creyéndose la revelación, los “mesías” de la comarca. Atrás pudo quedar la tal “democracia” de los emergentes, no graduados en lo esencial de la política; todo para dar salida a la eficacia; tomada desde un gran concepto de globalización, íntegra, intensa, del municipio; con proyecto de desarrollo suministrado por la misma comunidad; para ser interpretado y llevado adelante; como precepto sagrado; como voluntad de un pueblo; ahí sí entendido y maduro en política y por ende en democracia.

Frente a signos de esta naturaleza, al ser descubiertos y divulgados por los medios masivos de información, darían para que muchas poblaciones de nuestra geografía se tomaran su propio pulso; y encontraran que nada les marca en vida y esperanza su llamada “democracia”; con candidatos que cualquier observador desprevenido encontrará como gente sumida en su propio engaño, al ubicarse fuera de lo que debe ser su espacio u oficio.

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