Los libros rusos en Ucrania

Foto | Emilio Morenatti/AP

Por | Darío Rodríguez

“Lo bueno de Vietnam es el ping – pong”, decía Forrest Gump, el protagonista del famoso film interpretado por Tom Hanks cuando narraba su experiencia en la terrible y larga carnicería que fue la guerra de Vietnam, donde Gump se dedicó a jugar ping – pong con un equipo del ejército estadounidense. Hasta a un conflicto de esas dimensiones le extractaba valores aquél extraño y simple personaje.

En él se piensa al leer la noticia de la estrafalaria decisión tomada por Oleksandra Koval, directora del Instituto del Libro de Ucrania: ha ordenado retirar de bibliotecas públicas (y quién sabe si también de librerías; ¿sobreviven librerías en Ucrania?) “más de cien millones de libros” escritos por autores rusos, y además bajo estricto orden cronológico, de Pushkin hasta, digamos, Eduard Limónov, debido a que el gobierno ucraniano los considera “dañinamente ideológicos”, “narrativas imperiales”, “propaganda violenta a favor del chovinismo prorruso”. Antes de que culmine 2022 todo libro ruso deberá ser expulsado del país o destruido.

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La referencia a Forrest Gump es inevitable ante una serie de sorpresas para suramericanos que no estamos acostumbrados a noticias librescas como estas. En Ucrania hay bibliotecas públicas y lugares donde, sin problema, se encuentran cien millones de libros; todavía piensan allá que los libros son peligrosos y “pueden afectar el punto de vista de la gente”, como apunta con toda seriedad la funcionaria Koval; aún existen en esas destruidas tierras personas que leen libros. Esta es la parte buena, el ping – pong de esa guerra entre Ucrania y Rusia. Allá todavía se leen libros, incluso clásicos de la literatura universal como Chéjov, Tolstoi y Anna Ajmátova, cuyo nacionalismo y “chovinismo prorruso” era minúsculo, insignificante, pues no fueron nunca propagandistas políticos y, de estar vivos, serían los más feroces críticos del asesino, tirano y orate Vladimir Putin.

Los ucranianos se encuentran dolidos de muerte. Y cualquier seña, rasgo o manifestación rusa la consideran, en este momento, una ofensa y una lesión a su cultura. No obstante, decisiones como las de la señora Oleksandra Koval poseen un doble filo: puede que el gesto de quemar y sacar libros del país invasor les quite, quizá durante un par de generaciones, el peso de una influencia para ellos nociva. Pero tendrían que recordar un carácter muy propio de la naturaleza humana consistente en la fascinación ejercida por lo prohibido (motivo gracias al cual, por ejemplo, la lucha contra las drogas ilícitas es un estupendo fracaso planetario).

Que a un adolescente ucraniano, inquieto, curioso, le prohíban o le nieguen la lectura de ‘Anna Karenina’ o de Ajmátova (su poesía, por cierto, escrita como resistencia a la iniquidad de Stalin, quien parece ser el modelo vital de Putin; la novela de Tolstoi, recordémoslo, explora la honda insatisfacción dentro de toda relación afectiva, en todo ser humano) es invitarlo a buscar en el mercado negro, en lo ilícito, en recovecos inimaginados, esos libros y burlando negativas y barreras, leerlos. Porque la literatura del conquistador no lo legitima. Al contrario, lo controvierte, lo observa pleno en su miseria armada de tanques y bombas haciendo añicos a Kiev, a Odessa.

Cuando a final de año ya no haya ni un solo libro ruso en Ucrania, iniciará una nueva etapa de la literatura cirílica, que ha sido floreciente durante periodos despóticos y en una sagaz clandestinidad. Tal vez al gobierno ucraniano el remedio le resulte peor que la supuesta enfermedad. Porque los clásicos rusos, aunque compartan nación con seres infames como Putin y sus ejércitos, son un patrimonio de la humanidad, no solo de Moscú ni de San Petersburgo. Prohibirán los libros rusos pero no podrán cancelar al alma rusa, que ha prodigado algunas de las páginas más lúcidas de la historia.

Mejor lo hizo un poeta como Paul Celan. La parábola de su vida y de su trabajo literario debiera ser inspeccionada en Ucrania, donde todavía leen los ciudadanos y se le guarda respeto al libro. Sobreviviente de los campos de concentración nazis, pudo haber escrito su obra en rumano (al fin y al cabo había nacido en la zona hoy ucraniana de Rumania) pero optó por redactarla en el idioma de su victimario dándole una lección: tomar por asalto una lengua, mejorarla y dar cuenta del padecimiento vivido.

Lamentablemente la guerra y el oprobio no dan tiempo para pensar en estas enseñanzas artísticas. Ucrania continúa siendo bombardeada. Y parece que Putin aún no le dará fin a su avanzada sangrienta.  

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