La grandeza de la UPTC es para defenderla

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Foto: Hisrael Garzonroa
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Por | Manuel Restrepo, Phd Derechos Humanos
“Mi voto (e invitación) en la elección de representante profesoral ante el Consejo Superior, es por Edilberto Rodríguez Araujo, cuya experiencia y honradez están a prueba, libre de impedimento ético y sin cargo en la administración”.

 

 La Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, es una institución financieramente sólida, económicamente viable y administrativamente organizada, que se sostiene sobre sus pilares de democracia participativa, libertad de cátedra y respeto por la constitución.

La autonomía hace parte de las herramientas esenciales que ha sabido mantener, gracias a la cual ocupa una destacada posición en el conjunto de las universidades colombianas. La UPTC, es una de las cinco más voluminosas universidades, con un presupuesto que supera el billón de pesos por cada periodo rectoral. Lo más valioso de su ADN, es la mezcla de política y humanismo que emerge de su carácter pedagógico y del tecnológico que anuncian las ingenierías y las ciencias básicas. Es una síntesis social del país, reflejada en múltiples maneras de ser, pensar y actuar que enriquecen su existencia. Es escenario de conocimiento y de cultura, pero también de encuentro de clases sociales, con estudiantes, profesores y trabajadores procedentes de sectores populares, campesinos y sectores medios urbanos de empleados, lo que se traduce en un enorme potencial de lucha social para defenderse, tanto de las arremetidas del capital, como de las partes descompuestas en su interior, que limitan su grandeza, cuando contrario a la naturaleza académica ponen en juego intereses ajenos de clientelas y grupos de poder que tienden a adueñarse de procesos, técnicas y recursos, poniendo en riesgo su existencia.

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      Su grandeza tiende a ser debilitada para que florezcan miedos provocados que la inmovilicen y reduzcan su potencia a la de cumplidora de tareas. Sus partes descompuestas son proclives a eliminar de la vida universitaria a la ética y el respeto a cada humano a su servicio. Distribuyen miedo para silenciar y controlar, convirtiéndola de lugar del buen vivir, al del stress, depresión e intranquilidad constante. El miedo facilita acosos y dependencias, y produce beneficios a quienes lo inoculan; renta políticamente, como ya lo hicieron mediante odios y distorsiones con el abrupto freno a la paz con el no del plebiscito, cuyas falsedades, engaños y mentiras organizadas en los mismos centros de mando, que buscan ampliar su eco en las universidades y acomodar sus intenciones, dio su mejor resultado. El miedo niega  al otro, permite influenciar opiniones, conductas y modos de acción y concretarse en destruir la autonomía ganada, las libertades e independencia para pensar y decidir por cuenta propia.

     La UPTC, con el esfuerzo conjunto y solidario de su profesorado y trabajadores, como estamentos más estables, y de sus varias generaciones de estudiantes, incansables en sus luchas por la defensa y reivindicación de los derechos de todos, es lo que permite tener todavía universidad; esta no existe por inercia y menos por su silencio y resignación. No funciona porque hay directivas, sino porque ha habido construcción colectiva y en democracia, proyecto colectivo, que le ha permitido sostenerse viva, crecer y extenderse, pasar de 10.000 estudiantes a 30.000, con una misma planta de menos de 600 profesores y otro tanto de funcionarios, que se completa con contratos sin garantías, tercerizados, informalizados, en cambio de la formalización exigida, urgente y necesaria.

En este siglo dio la vuelta de 50 pregrados a 90 posgrados, que definen el trazado de sostenimiento económico con recursos propios superiores al 50%, que equivale al porcentaje de Des-financiación estructural, que para las universidades públicas supera el monto de 15 billones de pesos. La Des-financiación constituye el punto principal de la agenda de lucha de las universidades públicas, en el que necesariamente tendrán que confluir estudiantes, profesores, trabajadores y directivas y jalonar la legítima protesta que no puede ser impedida, estigmatizada, ni enfrentada con violencia institucional (cierres, amenazas de judicialización, represión policial), ni confundida y atacada como se ataca a una expresión armada.

      La UPTC nunca podrá ser como Harvard o Stanford, ni pretender que su investigación colectiva alcance sus niveles, ni abandonarse a que la OCDE defina su destino, entre otras, porque en estas no se libran luchas intestinas aupadas por el control de sus órganos de dirección, ni existen clientelas, ni visos de corrupción que emergen de ellas y hay profundo respeto por las calidades éticas y morales de sus representantes y gobernantes. Sus campus y edificaciones son respetadas, pensadas cada vez que se intervienen, no son sumatorias de ladrillos; y, finalmente, porque sus recursos promedio superan el millón y medio de dólares por estudiante año, las políticas de estado no tratan de aniquilarlas, y en colectivo sus estamentos promueven su grandeza e integran esfuerzos para impactar a la sociedad con sus logros en beneficio del bienestar real y no de completar simples metas a voluntad de sus directivos.

    Viene ahora para la UPTC una elección de representante profesorales al Consejo Superior y es esencial impedir que grupo alguno alcance la mayoría simple de miembros del Consejo Superior, que los convierta en poder absoluto, capaz de imponer su voluntad como sea y en alarde a su triunfo socaven el espíritu de decisión colectiva, de democracia con pluralidad, diferencia, respeto por otras ideas. La maravillosa obra que dio raíces en 1827 como una universidad para formar humanistas y pensamiento libre, exige ser defendida de los consensos mediados por intereses particulares y de grupo y como propósito común comprometerse a librarla de las nocivas políticas del Estado y de la intromisión de partidos, sectas, comunidades o agentes extraños que la adormezcan e impidan seguir sus luchas.    

P.D. Mi voto (e invitación) en la elección de representante profesoral ante el Consejo Superior, es por Edilberto Rodríguez Araujo, cuya experiencia y honradez están a prueba, libre de impedimento ético y sin cargo en la administración. Durante 30 años ha sabido representar y defender, ante propios y extraños, los intereses de la universidad como un bien público y los derechos del profesorado como una conquista social y la existencia del escenario de conocimiento como base de su naturaleza. Edilberto es reconocido por su voz crítica e independiente; sus expresiones públicas y escritos fijando posturas para el debate. Se le ve con disciplina y rigor en los espacios de construcción colectiva, asambleas, sindicato de ASPU, discusión de pliegos por derechos. Ha puesto por encima su compromiso y convicción para que la universidad no sea, ni llegue a ser un fortín de ningún directorio político, ni puesta al servicio de ningún emporio económico.  La universidad es para defenderla libre y autónoma.

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