José Luis Díaz-Granados: el maestro de versos

Escritor José Luis Díaz-Granados.
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Por | Jhonathan Leonel Sánchez Becerra

El 7 de diciembre de 2018, reunido en torno a una de las tertulias habituales en el barrio Galerías, cerca de su antiguo barrio Palermo y, en compañía de otros amigos en común, me encontré con el maestro José Luis Díaz-Granados, connotado escritor y periodista samario con quien, luego de una larga disertación sobre algunos temas del acontecer político y cultural del país, nos adentramos en las anécdotas personales y las remembranzas de la Bogotá de antes y por supuesto, también de Santa Marta.

No quise perder la oportunidad y entonces, rápida e improvisadamente preparé esta breve entrevista al ganador del Premio de Poesía Carabela (1968) y Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar (1990), pero sobre todo, al ser humano que seguramente debe ser en Díaz-Granados un niño tímido, curioso y travieso como aquel José Kristián de su novela Las Puertas del Infierno; como un testimonio de su vida y sus percepciones sobre el oficio de escribir.

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De derecha a izquierda: el Sociólogo Carlos Hernández, Jhonathan Sánchez y José Luis Díaz-Granados. Encuentro Internacional de Escritores, Chiquinquirá, Boyacá, 2011.

J.S.: Maestro José Luis: ¿Cuáles fueron sus primeras lecturas y cómo fue su incursión en la literatura? 

D-G.: Mi madre tenía la costumbre de copiar en un álbum (con una bella caligrafía) los poemas de los autores modernistas que estaban de moda en Santa Marta en 1932. Entonces de ahí aprendí, enamorado de la canción y de la música de las palabras que se llama eufonía, cuando ella decía, hablando de una magnolia y repitiendo las palabras de José Santos Chocano: 

Porque es pura y es blanca y es graciosa y es leve, como un rayo de luna que se cuaja en la nieve o como una paloma que se queda dormida.

O la eufonía de Rubén Darío:

¿Cuentos quieres, mi niña bella? tengo muchos que contar: de una sirena del mar, de un ruiseñor y una estrella, de una cándida doncella que robó un encantador, de un gallardo trovador y de una odalisca mora con sus perlas de Bassora y sus chales de Lahor.

Y a mí me enamoró desde muy niño esa eufonía, esa música de las palabras… ahí comprendí -pues uno no racionaliza a esa edad-, pero sí me di cuenta que me gustaba hacer esas cosas y le hice un poema a la virgen de Fátima, en 1953 cuando yo tenía apenas siete años. Y el Dr. Gustavo Santos que era muy amigo de mi familia dijo: hay un programa los sábados en la Radio Nacional de Colombia -que quedaba arriba del cementerio central de Bogotá-, y es un programa infantil. Entonces mi mamá me llevó, los niños usábamos un vestido azul oscuro y un corbatín negro, y recité el poema que hice a la virgen, La Casa de Mayo, y yo sí vi que la emisora estaba llena de policías militares esa noche, era 13 de junio de 1953, siete de la noche; el General Gustavo Rojas Pinilla acababa de dar el golpe de Estado. Así entré, ese fue mi debut en la vida poética colombiana.

J.S.: Es un privilegio, conversar con un testigo de la tensión social, política y cultural de los años 50 y 60’s, años poco estudiados en la historia de nuestro país, abocada tradicionalmente (por no decir que de manera casi exclusiva), al periodo de la “Independencia”. Seguramente muchos de los que somos lectores de su obra, nos hemos preguntado sobre la relación de su poesía con la vida cotidiana en la ciudad: ¿Se considera usted un poeta urbano o no le gustan las etiquetas?

D-G.: Un poeta, incluso un aprendiz de poeta y lo digo sin falsa humildad porque no me gusta eso. Uno aprende todos los días y a uno lo inspiran los días que unos tras otros son la vida como decía Aurelio Arturo, la inspiración de uno es la vida y me considero poeta en el sentido de que es lo que me gusta ser, sin adjetivos. Porque cuando yo tenía 19 años mi padre murió de repente entonces, eso me marcó como una elegía, a uno lo inspira el amor entonces es poeta erótico, en un momento dado la situación del país, entonces es poeta social o político, poeta místico, no hay adjetivos, yo pienso que uno hace lo de uno como decía Vidales y simplemente cumple uno un compromiso con uno mismo en la cotidianidad, en el dictado de cada día.

De derecha a izquierda: Luis Fayad, Luis Vidales y José Luis Díaz-Granados, en Palermo, Bogotá, 1969.

J.S.: En ese orden de ideas José Luis, de seguir el instinto y poner atención al ritmo de las pulsaciones de la vida en cada paso y de tener la mente abierta a las experiencias, ya que es usted, desde hace tiempo, un poeta consagrado al que admiro, dígame: ¿Cuáles considera usted sus obras más significativas para la literatura del país y de América Latina? 

D-G.: Hay una obra mía que la leen los niños y eso me enorgullece mucho porque hace parte de mis obras menos conocidas públicamente, pero los niños que son los padres del futuro la leen, titulada Cuentos y leyendas de Colombia, incluso la han pirateado bastante. Los niños son los lectores más honestos. Mi obra poética El Laberinto y la novela Las Puertas del Infierno que es la radiografía de la Bogotá prohibida, de la ciudad de los bajos fondos y del problema psicológico entre el pecado y la culpa».

J.S.: Todos los intelectuales, es decir, los seres que no solamente piensan sino que analizan y se plantean una posición crítica “de la realidad” tienen en su haber algunas obras que de una u otra forma son referentes o han influenciado su trabajo: ¿Cuáles considera usted las obras más importantes de la literatura? 

D-G.: Entre las grandes obras épicas, yo considero las obras de novelistas como Tolstoi, Dostoievski, Faulkner o Hemingway pero por encima de ellos, están los épicos fundacionales como Homero, Dante con la Divina Comedia, Cervantes y Gabriel García Márquez; él es mucho más que un gran novelista, es un épico fundacional.

J.S.: Para finalizar maestro, no sin antes agradecerle su tiempo y su amistad, deseo que siga produciendo más para el beneficio de las letras y el pensamiento hispanoamericano, y que su obra nos siga permitiendo creer en la utopía y en todas las posibilidades. Estoy seguro de que a sus lectores, a los jóvenes del país actual y del futuro les gustaría recibir su consejo: ¿Cuál es su mensaje para la juventud colombiana? 

D-G.: Hay que aunar la sensibilidad, la cultura y la generosidad, el amor por la paz y la reconciliación entre todos los colombianos, sumar la solidaridad humana. Me gusta mucho una frase de José Martí que dice: Solamente siendo cultos podemos ser libres y José Enrique Rodó, gran pensador Uruguayo decía: Solamente siendo buenos se puede ser feliz. Un abrazo para todos.

J.S.: Y así, con su forma de ser afectuosa y serena, terminamos este brevísimo interrogatorio para darle continuidad a la reunión con otros temas un tanto más comunes.

José Luis Díaz-Granados con su primo Gabriel García Márquez (Gabito), en la Habana, Cuba, 2001.

Algunos datos adicionales: José Luís Díaz-Granados (*Santa Marta, 15 de julio de 1946 – ). Poeta, novelista y periodista. Se desempeñó a partir del año de 1959 como comentarista de libros en lecturas dominicales de El Espectador y allí mismo, publicó el 27 de diciembre de ese año, el cuento Un día antes del viaje, primer texto en el mundo publicado y dedicado en homenaje a Gabriel García Márquez (íntimo amigo y pariente suyo). Ha sido uno de los mayores promotores de la Generación sin nombre, agrupada en 1968 y miembro del Grupo de Palermo, junto a Luis Vidales, Pedro Manuel Rincón, Pemán-R., Augusto Pinilla, Luis Fayad, Álvaro Miranda y los hermanos; Arcesio y Harold Zuñiga Dishintong y Alí y Farid Humar, entre otros. Entre sus obras destacadas: Autor del poema Alba, musicalizado por Iván y Lucía en 1982, Cuentos y leyendas de Colombia, literatura infantil (1999), El laberinto, antología poética (1968-2008), La Habana soñada y vivida, crónica (2012), Las puertas del infierno, novela (1985 – 2016) y Ululares y trémolos, poesía (2018).

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