¿Hacia la normalidad?

Foto | Hisrael Garzonroa

Por: Silvio E. Avendaño

Y, con el paso de los días, la pregunta: ¿por qué las universidades no abren las puertas? Para evitar contagios, es la respuesta, aunque las malas lenguas murmuran que es para impedir las manifestaciones y protestas.

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Parece que disminuye el miedo a la pandemia, a pesar de la ausencia de la prometida vacuna. Mas es una ilusión, porque si bien las calles vuelven a estar pobladas de hombres y mujeres que salen de las casas, eso no significa que la atmósfera esté limpia de escepticismo y desconfianza.

Puede que en las avenidas la multitud de automotores circulen veloces hasta llegar al trancón, que las ventas de cascos y motos se hayan disparado y, que el del robo de las bicicletas sea cotidiano, pero el presente que se respira no lleva al optimismo de la vida democrática.

Es cierto que en los centros comerciales han disminuido las prevenciones, aunque siguen los tapabocas y la toma de temperatura. Y, con el paso de los días, la pregunta: ¿por qué las universidades no abren las puertas? Para evitar contagios, es la respuesta, aunque las malas lenguas murmuran que es para impedir las manifestaciones y protestas.

También es llamativo que las bibliotecas permanezcan cerradas, o bien se ha abierto el préstamo de libros, desde la distancia, en las Bibliotecas del Banco de la República. Las exposiciones están canceladas desde hace meses, los artistas y los músicos desaparecieron. No hay actividad en los centros culturales, mientras en los almacenes de cadena y en los bancos las colas aumentan, crece la audiencia.

Mientras parece que el virus se dispara en la atmósfera de la inmunidad de rebaño, disminuyen las idas y venidas de las ambulancias a los hospitales. No obstante, la desesperanza del país invade la política.

El director del diario de mayor circulación, al posesionarse, declaró que el periódico se dedicará a “la defensa de la democracia”. ¿Cuál democracia? ¿De qué la defiende?  En el áspero suelo la reforma tributaria, en ciernes, grava los productos de la canasta familiar mientras continúa el cuento de que los cacaos están exentos de impuestos porque generan empleo… No se puede defender la democracia mientras se ha convertido en un negocio la salud o, cuando la igualdad no brilla en la educación, mientras los corruptos se pavonean de sus hazañas y sus vivezas.


Cuando hay pesos y contrapesos en las diferentes instituciones del gobierno no se llega a que todos se arropen con la misma cobija. La ausencia de pesos y contrapesos protege el statu quo y paraliza el país. Muchos más cuando el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente.

Y poco a poco se disipa la esperanza de transformación de la sociedad porque las instituciones no funcionan, como se palpa en Providencia luego del paso del huracán. Y al mirar hacia las elecciones del futuro, el pasado se hace presente. El voto se compra, hay fraude, oscuridad en la financiación de las campañas.

Crece y crece la descomposición, pero se recurre al silencio para que no se sepa nada. Además, se distorsiona de forma deliberada la realidad con el fin de modelar la opinión pública e instalar la manipulación y la caverna.

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