El selecto Tercer Entorno

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Screenshot de Animatrix

Por: Julio Medrano / @JCMedrano3 / juliomedranoperez.blogspot.com

El mundo no tiene más problemas
que los problemas de las personas.
Saramago

Decir que la pandemia nos hará cambiar los modelos económicos, de gobernanza y académicos, es hoy una profunda incertidumbre. Estamos en una parálisis sórdida, asentados en fronteras On-line, clasificando personas como usuarios, convocando contacto social, aferrándonos a experiencias analógicas que, entretanto, se nos van quedando en código binario.

La única certeza que tenemos es que algunos ciudadanos, afuera de nuestro entorno de likes, siguen padeciendo hambre, enfermedad, pobreza, ignorancia (si la ignorancia fuese un padecimiento), delincuencia y guerra.

El filósofo, matemático y ensayista Javier Echeverría, en sus hipótesis sobre el impacto tecnológico, identifica como Tercer Entorno a nuestras acciones en lo virtual, el mundo digital. Para Echeverría el ser humano parte de una identidad natural, biológica, física que es nuestro primer entorno; vivimos y estamos en cierto lugar, ciudad o sala, nuestro segundo entorno; y, a través de las nuevas tecnologías entramos a un tercer espacio.

Pero, ¿quiénes sacrificarán privacidad por educación? ¿Cuántos querremos ser gobernados por decretos en Twitter? Después de la pandemia, ¿saldrán marchas de encapuchados a exigir megabytes y WiFi gratuito? Y una pregunta más filuda, ¿quién podrá y/o querrá decidir sobre lo tecnológico al no tener ni pan duro en la mesa?

Hoy en día el internet móvil y la telefonía tienen mucha más cobertura, en Colombia hay 3.658 zonas rurales que cuentan con esta, y estamos lejos de decirle al apicultor que hay un sitio seguro para que sus abejas no se pierdan entre las señales de las inmensas torres. Sin embargo, encontramos estudiantes universitarios (no sobra decir que muchos están endeudados con créditos bancarios), sin servicio de WiFi en sus hogares, y les llegan primero sus cuentas de cobro (de la universidad y del banco) que sus talleres de clases.

El teletrabajo ha sido, obligatoriamente, revelado como algo que puede llegar a ser contraproducente, puesto que el 22,3% (estudio de Randstad) de la población empleada  podría llegar a desempeñar su trabajo desde casa, el resto de profesionales no cuentan con esta opción.

En una ciudad como Tunja, capital de Boyacá, 800 vendedores ambulantes solicitaron ayudas a la Administración Municipal, y para cifras de mediados de abril, solo se habían facilitado 100. Que la ciudad mantenga una cifra de 0 casos por COVID-19, con las pésimas o nulas ayudas brindadas por el alcalde Fúneme, es vista por los propios ciudadanos como un imposible. La pandemia ha servido para develar gobiernos populistas que rayan en el totalitarismo, fuerzas de carácter demostradas en redes sociales y publicidad etérea que a la hora de brindar ayuda se nublan, carácter que al final, esos ciudadanos sin WiFi y sin megas, sin alimento y llenos de rabia, no les importará enfrentarse contra cualquier ejército por ganar un pan.

Dice el filósofo Echeverría que “Los gobiernos deben garantizar a través de nubes públicas el ejercicio de ciertos derechos y el desarrollo de actividades propias de servicios básicos como la sanidad o la educación”. En Colombia la mezcla de corrupción y populismo político no ha descansado un solo segundo, y los ciudadanos siguen padeciendo de hambre y enfermedad por las decisiones de sus gobernantes.

Las consecuencias de cómo los gobiernos están llevando a cabo soluciones a la crisis por el COVID-19, y las respectivas formas de uso de la tecnología, están lejos de ser develadas. Unos se aferran a la palabra de Žižek, otros a Byung-Chul Han, otros a influencers en Instagram, y la gran mayoría, ruegan a que no se enferme el dueño del azadón y la tierra. ¿Quién nos venderá las semillas, Monsanto?

*Las opiniones expresadas en este texto son responsabilidad exclusiva de su autor y no representan la postura editorial de EL DIARIO.

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