El reino de las trompadas

Candidatos presidenciales, Gustavo Petro y Rodolfo Hernández. Fotos | REUTERS / AFP

Por | Darío Rodríguez

En esta contienda electoral las ideas importan poco. O nada. Muchas personas van a votar arguyendo frases cercanas a las del hundimiento del Titanic: “Prefiero al loco que al guerrillero”;”Voto por mi viejo y no por el secuestrador, el chavista”. El candidato Rodolfo Hernández, investido de un aura todopoderosa, se rehusa al debate público, a una mínima discusión con criterios estables, producto del estudio, de la investigación (algo que desconoce por completo) y se inclina, más bien, hacia propuestas dignas del dictador de la novela ‘Yo, el Supremo’ escrita por Augusto Roa Bastos, unir ministerios, donar su propio sueldo, hasta extremos casi surrealistas – con el debido respeto que el surrealismo merece – como regalar estupefacientes de toda laya a quienes él denomina “los adictos” para acabar el problema de las drogas ilícitas. El Supremo de Roa Bastos es Bambi en comparación con ese personaje creado por publicistas y asesores, el salvador que rescatará de un plumazo, con la bendición del Estado de Sitio o de Conmoción, a una Colombia maltrecha, estallada.

¿Algún signo de cordura ha anunciado en cuanto a una relación más o menos sensata con el Congreso que gobernará junto a él? Ninguno a la vista. Hernández ni habla de ese asunto. El uribismo, vivo, fortalecido en las regiones, la tiene fácil con este candidato. Mandarán en suplencia de Hernández. A quien le basta gruñir uno de sus lemas publicitarios mediante los cuales intenta tranquilizar a las turbas nerviosas: “Uribe se murió”, “Uribe ya no existe”. Si el ingeniero recorriera Colombia en sus periferias, más allá de Bucaramanga o de Bogotá, notaría lo que constatamos quienes vivimos en provincias desde el segundo gobierno de Uribe: esta nación ha sido tomada por el uribismo en todas sus presentaciones. De los cacicazgos conservadores a los viejos liberales pro César Gaviria, de los rezagos del partido de la U y Cambio Radical a los no muy presentables miembros del partido Verde que se cobijan bajo la sombra del árbol más crecido. Por eso el mismo Uribe Vélez no se ha pronunciado públicamente durante los días que corren. Quienes lo juzgan vencido subestiman la sagacidad de zorro añejo que posee el ex presidente. Ahora mismo no hay un político más activo que Álvaro Uribe. Se adueñó de Colombia y no la va a perder de buenas a primeras. No sería raro que Uribe hubiese sugerido el silencio casi absoluto de Rodolfo Hernández y su redirección a Miami, de modo que deje de proferir sandeces a diestra y siniestra, mientras llega el día de los comicios.

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Las ideas, se apuntó al inicio de la presente nota, ya sobre la coyuntura actual, carecen de valor. A Gustavo Petro le ha tocado rebajarse al nivel primario con el objetivo de llegarles a los electores sin siquiera un argumento ni un aporte. Juega fútbol, cocina, se disfraza de taxista. Son los últimos esfuerzos de un individuo que se lleva preparando veinte años para convertirse en un estadista y que en este momento debe transformarse en arlequín de feria. Convencer votantes. Ese es el propósito.

Esta semana, que apenas está iniciando, será la muestra de un disparate tras otro. Proveniente de una u otra campaña. No es gratuito lo que ocurre. Nuestra precaria formación ciudadana unida a siglos de guerras civiles y conflictos han doblegado a la población a un regreso sin peajes hasta lo prehistórico, a la ley del revólver del Western, a una psicosis colectiva que resiste toda terapia.

Priman las patadas, los sopapos.

Y nos quedarán, por otra parte, las ironías y paradojas. Jorge Enrique Robledo, por ejemplo, inicia su despedida del proselitismo político entregando las banderas del movimiento que regenta a las personas que siempre combatió. O William Ospina, hace poco tiempo un traductor, poeta y narrador de varios kilates, por vanidad o por un ingenuo, ¿Senil?, entusiasmo se trepó a la endeble, suicida campaña de Rodolfo Hernández porque le prometieron el ministerio de cultura y medio ambiente. El mismo Ospina que hace tres décadas predijo, dentro de su ensayo más celebrado, las funestas consecuencias que nos esperaban si no nos decidíamos a establecer un proyecto de nación, donde no existieran enfermas polaridades ni bipartidismos y cupiéramos todos.

Pero eso hoy no le interesa ni al propio William Ospina porque la Razón en las presidenciales 2022 ya ha sido expulsada a empellones y cachetadas.

Gane quien gane el próximo 19 de junio la atroz y supurante herida de este país irracional seguirá abierta.

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