El derecho a la vida alternando con la sonrisa de la muerte

Foto | AFP

Por | Álvaro Neil Franco / Poeta y docente

Foto | Archivo particular

Para qué la alternancia si los niños no pueden compartir ese helado de coco que llamamos sonrisa. Si no pueden darle la mano a sus compañeros cuando se quiebra el puente de cáscaras de huevo y se quedan como islas en la otra orilla del río, con su maleta de palabras para inventar el día. Si el abrazo con sus ramas de tamarindo, por el momento, se encuentra en vía de extinción. Si en los recreos ya no pueden jugar a “La lleva”, porque todos van a estar congelados de miedo. Me es imposible no recordar ahora el verso del maestro José Watanabe sobre su querido lenguado: “El miedo circulará siempre en mi cuerpo como otra sangre”. Sobre  todo si se da la alternancia, de manera acelerada e improvisada, como ha sido la característica de este gobierno durante el tiempo que lleva la pandemia del Covid 19. Lo más seguro es que estaremos alternando “el derecho a la vida” con la sonrisa de la muerte.

Para qué la alternancia si a la salida del colegio, ya ningún compañero los espera.

Cómo serán las clases en la mayoría de salones de los colegios públicos, donde la única ventilación que corre es el olvido, unos cuantos avioncitos de papel que nos recuerdan la importancia del aire. Uno que otro barquito de papel que refresca el calor del mediodía. Qué decir de esas salas de profesores que nos traen a la memoria el cuarto de Gregorio Samsa, el dormitorio de la bisabuela de Úrsula Iguarán. Ni hablar de los baños: todo un cuento de terror, para terminar odiando la lectura de imágenes. Para qué la alternancia si a la salida del colegio, ya ningún compañero los espera, porque, con excepción de la casa, la vida, prácticamente, se ha convertido en un espacio para el desencuentro.

Una educación pública que no se brinda la oportunidad de escuchar a quienes pertenecen a otros credos o piensan diferente

Desde que recuerdo la escuela y el colegio siempre han sido un lugar para la homogeneización, el adoctrinamiento y las prohibiciones. Los jóvenes no  pueden llevar el pelo largo como lo utilizaba Jesús de Nazaret, uno de los mejores maestros que ha habido en este valle de promesas incumplidas, mediocridades y contradicciones, pero sí tienen que asistir a izadas de bandera interminables (uniformados y en fila, como si fueran militares), a escuchar de manera respetuosa (cuando no se desmayan) sermones y apologías sobre la religión católica y los símbolos de  una bandera y un escudo cuyos mares y ríos están contaminados, cuyos cóndores están casi que extintos, cuya riqueza está distribuida en manos de unos pocos, donde la sangre se derrama todos los días, por el simple hecho de  proteger a los comunidades afrodescendientes e indígenas y a la naturaleza. Un país al que le faltó envolver en su bandera un avión que trajo 50.000 vacunas contra el Covid 19, para 50.000.000 millones de habitantes; una educación pública que no se brinda la oportunidad de escuchar a quienes pertenecen a otros credos o piensan diferente, también de forma respetuosa, cuando quieren compartirnos su espíritu o la chispa de sus ideas, máxime cuando Colombia es  un estado laico y en la Constitución se proclaman los derechos  al libre desarrollo de la personalidad y a la libertad de expresión. ¿Para qué entonces la pedagogía de la inclusión que está tan de moda? ¿Es una mejor persona quien lleva el pelo corto?

¡Se imaginan lo que es mantener limpio un colegio de mil estudiantes!

Tampoco se puede pedir permiso para ir al baño. Además, para qué, las más de las veces estos se encuentran cerrados. Las señoras del aseo son dos personas mayores, con enfermedades de base, como todos, que no dan abasto con tanto trabajo! ¡Se imaginan lo que es mantener limpio un colegio de mil estudiantes! Tampoco se pueden llevar balones para jugar en el recreo. Tampoco se puede hablar en clase, y si se habla -casi siempre- es para estar de acuerdo con lo que dicen “los profesores que lo saben todo”.

¿Cómo funcionará todo esto en el denominado sistema de alternancia? ¿Qué quedará para el recuerdo, para nuestra formación como seres humanos?, si es que logramos salir con vida de esta pesadilla. Antes se decía que las escuelas y colegios eran un panóptico, a propósito de este concepto mi profesor de poesía en la universidad, me enseñó esta frase: “Los poetas no se   leen se vigilan”. Por supuesto que con este virus la paranoia se va a multiplicar. Lo más seguro es que terminemos convertidos en una nueva marca de robots. “Dejen de prohibir tanto que no alcanzamos a desobedecerlo todo”, me dijo el otro día un estudiante que se sentía enajenado.

Lo cierto es que como profesores (a parte de nuestras labores diarias, vespertinas y en ocasiones nocturnas), hemos contribuido con nuestra luz (en sus dos acepciones), con nuestra conexión a Internet, hemos agotado en más de una oportunidad nuestros datos, tuvimos que comprar celulares más potentes, con un plan de minutos más amplio, para ubicar a padres de familia y estudiantes extraviados en estos nuevos planetas de la postmodernidad: WhatsApp, Google Chrome, Google Meet, Gmail, Zoom, etc…, o perdidos entre las montañas sagradas de las veredas El Amarillo,  Pirgua, Chorroblanco, Roca Flora, La Lajita, La Palma, Runta, El Naranjal (¡Qué nombres tan bonitos! Dan ganas de perderse!), o atrapados en este trancón de desigualdades e injusticias que acentuó esta pandemia. Tuvimos que comprar computadores con tecnología de punta  para calificar de forma individual guías de trabajo hasta el adormecimiento del cuerpo y del alma, para asistir a reuniones del colegio, de las Secretarías de Educación, a conferencias programadas por el MEN: “Charlas con maestros”, a clases virtuales con nuestros estudiantes.

En mi caso particular para no convertirme en un extranjero dentro de mí mismo, tomé la decisión de invitarme a un descanso (Con el tele trabajo está palabra desapareció de la vida y del diccionario. Teletrabajo sin ningún tipo de reglamentación), en el patio de la casa. De invitarme así fuera un café con leche, mientras miraba los cayenos que crecieron conmigo. De sacarme a pasear -cumpliendo los protocolos de bioseguridad: bozal incluido- como si fuera un perrito por las calles del pueblo. De darme un abrazo y alzar la mirada para saber dónde se encontraban mis hijos. En síntesis, los profesores sí estamos de acuerdo con regresar a clases presenciales, pero cuando bajen los picos de la pandemia y  lleguen  vacunas de alta efectividad que garanticen la vida; no rendidas con agua, dando lugar a generaciones futuras con cara de iguana o cola de marrano.

Para terminar, recuerdo también que en mi época de estudiante y de profesor era muy difícil de controlar la epidemia de piojos. Cito al gran Mircea Cartarescu, para que me ayude con esta afirmación: He cogido piojos otra vez. Ni siquiera me sorprende, ya no me asusta, ya no siento asco. Solo me pica. Liendres tengo todo el tiempo, caen de mi cabeza cada vez que me peino en el baño: huevitos de color nacarado que brillan oscuros en la porcelana del lavabo. Algunas se quedan prendidas dentro de las púas del peine y las limpio con un cepillo de dientes viejo, el del mango enmohecido. Soy profesor en una escuela de las afueras, así que es imposible no coger piojos. La mitad de los niños tienen piojos. Se los encuentran al comienzo del curso, en la consulta del médico, cuando la enfermera les examina el cabello con los movimientos expertos de los chimpancés; sólo que ella no tritura con los dientes la corteza de quitina de los insectos capturados. Recomienda a los padres, en cambio, una solución blancuzca–lechosa que despide un olor químico, la misma que utilizamos los profesores. Toda la escuela acaba oliendo, al cabo de unos días, a solución anti piojos. ¿Cómo controlar entonces la pandemia del Covid 19 en la alternancia, cuando los picos no han bajado, la vacuna llega a cuentagotas y lo más seguro que tenemos son los protocolos que lindan con la muerte?

Álvaro Neil
Febrero 16 de 2021

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