Día electoral

Foto | ambitojuridico.com

Por | Silvio E. Avendaño C.

Me lo narró Pedro Esaú, QEPD.

A los pocos minutos de las notas del himno por la radio, la T.V. que abrió el día electoral, llegó Simón a la sede del Partido Azul y preguntó:

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—¿Cuánto pagan por el voto?

—Cinco mil pesos —contestó un hombre vestido de paño, espejuelos de plata y cabellos blancos.

—Ya vuelvo —dijo y, no se detuvo, como lo hacía a diario a ofrecer los periódicos. Pasó derecho hacia otra sede de campaña. Los liberales lo saludaron con golpecitos en la espalda. Pero la jornada era larga para Simón y, sin más rodeos:

—Y, ustedes el partido de las mayorías, ¿cuánto dan por mi voto?

—Tres mil pesos —contestó un ingeniero que había aportado varios millones para la campaña.

—Muy poco —fue el comentario de Simón—. El partido de los terratenientes y la iglesia, ofrecen ocho mil pesos —Y, sin decir más volteó la espalda y cuando abandonaba la sede que, lucía los afiches de los grandes oradores, escuchó:

—Diez mil pesos.

Llevaba prisa. No regateaba. Al trote llegó al sitial de quienes buscaban la igualdad económica y un puesto justo en la sociedad. Como era de esperar los carteles anunciaban la promesa de una nueva sociedad. Y cuando le prometieron a Simón seis mil pesos, éste les reprochó:

—¡Increíble! Quienes dicen ser diferentes a los azules y distintos de los rojos ofrecen quince mil. Los hombres nuevos ofrecen tan poco que, no creo que sea posible el cambio social.

—¿Cómo se le ocurre, Simón? Diga cuánto quiere porque nosotros transformaremos la sociedad. Veinte mil pesos.

—Luego nos vemos.

Recorrió la avenida hasta un edificio de ladrillo rústico. Los comunistas lo miraron con sigilo.

—Y, los camaradas, ¿cuánto van a dar por mi voto?

—Compañero, no compramos votos. Queremos papeletas cualificadas —dijo una voz, desde un rincón de la sede—. No llegaremos al poder por medio de elecciones.

—Entonces, ¿para qué participan? Y, comentó mientras abandonaba la sede proletaria:

—Los socialistas ofrecen veinticinco mil.

—¿Cómo? ¡Esos renegados! —se escuchó la voz de un miembro, de gorra de Lenin—. Reuniremos el Comité y más tarde le comunicaremos.

La andanza de Simón lo llevó a una de las tantas iglesias cristianas, cuyo lugar de culto era un garaje.

—No estamos interesados. Nuestras ovejas dan diezmo, también sufragan por nuestros pastores.

Con ese trotecito lento pero efectivo abandonó aquel lugar de Dios y se acercó a los neoliberales, partidario de vender las empresas públicas, de la educación privada, flexibilización laboral, negociar la salud pública. Simón pronto recibió respuesta.

—No me cabe en la cabeza. Quienes prometen el fin de la historia son más tacaños que los conservadores, que los liberales que los socialistas o comunistas, que los cristianos renovados.

No había caminado setenta pasos cuando se encontró con los de la coalición del centro que no pudieron ofrecer ni un peso, dado que faltaba uno de sus miembros para tomar decisiones.

Y, ya en camino hacia donde se hallaba el recinto electoral, se encontró con los abstencionistas a quienes interrogó:

—Y, si no voto, ¿cuánto ustedes pagan?

Simón estaba de acuerdo con ellos. “Los procesos electorales son una farsa…” “Quien escruta elige”. “Las elecciones son un engaño.” “Hay democracia electoral pero no hay democracia económica”…

—Pero señores, sean razonables. Si ustedes plantean que no votemos, deben ser cuerdos. La mística está unida a la mastica. Por lo tanto, dejemos a un lado los argumentos y, decidan cuál es la cantidad que aportan por mi voto.

Y como se abstenían los abandonó.

En una caseta, fatigado de tanta andanza, tomó un vaso de limonada, (en realidad aguardiente) porque ese día no se podía tomar licor, dada la veda electoral. A continuación, se detuvo a hablar con los partidarios del voto en blanco, quienes consideraban la ciudadanía, aunque eso era un cuento griego para embellecer el panteón de la república, dado que, el Estado no era otra cosa que una institución represiva, militar, policial, autoritaria burócrata y carcelaria…                                

—No necesito que me cuenten —señaló Simón—, ¿cuánto?

A eso de las tres y media de la tarde comenzó a hacer cola para depositar la papeleta. Y en la cola, a cada momento la oferta subía. Azules de la tradición familia y propiedad, rojos de la retaguardia o de avanzada, neoliberales privatizadores, socialistas, comunistas ortodoxos, escépticos de todos los pelambres y, otros lo tentaban con sus ofertas. Y, al fin cuando faltaban unos minutos para dar fin a la contienda electoral y, cuando la estatua del fundador se preguntaba si no había sembrado en el mar y edificado en el viento, Simón depositó en la urna sellada y transparente, la labor de un día de trabajo.

Entonces llegó el final de la jornada electoral. Se abrieron las urnas bajo la vigilancia de los delegados de los distintos partidos, facciones, grupúsculos. Los jurados, con ojos vigilantes observaban el conteo. Y, mientras los delegados se apresuraban con los resultados en las diferentes mesas para llevar los pliegos electorales a la registraduría, Simón cansado caminó al Café de la esquina. Había conseguido más que un día como vendedor de periódicos. En el aroma de la bebida su rostro dibujaba el agotamiento. Desde una mesa contigua le preguntaron los curiosos:

—¿Por quién votaste, Simón?

Hubo silencio. Solo se escuchó el sonido vaporoso de la greca, el tañido de las campanas de la Basílica, el vuelo de la paloma de la paz suspendida en el aire, mientras Simón levantó la taza del café a la altura de los labios y, violando el secreto del voto, reveló:

—Por Argos, el perro.

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