Del campo a la ciudad, un fenómeno migratorio que se vio alterado por la pandemia

Hisrael Garzonroa
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Desde hace unas cuantas décadas Boyacá ha evidenciado la migración constante de población rural a las ciudades, especialmente jóvenes en búsqueda de oportunidades. Pero ese comportamiento ha sufrido una desaceleración en medio de la pandemia, pues ahora las grandes urbes implican un mayor riesgo de contagio, a la vez que tampoco garantizan las oportunidades que motivan la migración.

Durante la segunda mitad del siglo XX se dio un fenómeno, a nivel mundial, conocido como el éxodo campesino, que llevó a cientos de miles, sino a millones a migrar del campo a la ciudad, buscando con ello una mejora en las condiciones y en la calidad de vida.

Boyacá no fue esquivo a ese éxodo, que además se vio impulsado por las diversas complicaciones de la labor agrícola, su falta de recompensa, y especialmente el olvido y falta de apoyo estatal.

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Y fue así durante un largo periodo, llegando a generar preocupación en algunos municipios, que creyeron iba a llegar el día en que se iban a ver completamente despoblados.

Pero la pandemia frenó en seco la migración del campo a la ciudad, por lo menos en algunos municipios de Boyacá, donde se ha visto el retorno de algunas familias, que huyen de las grandes urbes a la vez que del virus que se propaga con facilidad en donde hay grandes concentraciones.

Hay casos como el de Sativasur, en el que se dio ese fenómeno migratorio a comienzos de este milenio, concretamente por violencia y no por falta de oportunidades, como suele ocurrir; pero hoy, lo que ocurre es que la gente está repoblando estas zonas rurales.

“Del año 2000 a 2005 cuando se vivió el fenómeno de la violencia por los grupos al margen de la ley en las provincias de Valderrama y Norte, se presentó gran índice de migración hacia las grandes ciudades (…) la pandemia afectó en esta región, pero no generó migración, al contrario, lo que se presentó, paradójicamente, fue el regreso de algunas familias, especialmente hacia las zonas rurales”, comenta Edison Manuel Aparicio, alcalde de Sativasur, municipio que valga agregar, es uno con las poblaciones más pequeñas del departamento, 1.105 habitantes según el censo poblacional 2018 realizado por el DANE.

Si bien en dicho municipio de la Provincia Norte se ha dado el retorno de algunos antiguos pobladores, la situación no logra ser del todo alentadora, pues hoy la localidad cuenta con una amenazante problemática, y es que la tasa de mortalidad supera fácilmente a la de natalidad, lo que a su vez contribuye a la reducción poblacional, que a su vez tiene impactos en la productividad, en la categorización del municipio, y en la tenencia de infraestructura de servicios como hospitales o colegios.

Caso similar es el de Chita, en el que la pandemia no provocó el regreso de las familias, pero si frenó la partida de los habitantes. “Actualmente el tema de migración de campesinos a la ciudad está un poco estable, a causa de la pandemia. Aunque anteriormente sí ha sido preocupante”, dice José Miguel Velandia, alcalde de Chita.

Velandia explica que la pandemia frenó ese fenómeno migratorio, pero lo que no paró fue las calamidades que sufre la población rural, que, a falta de abastecimiento de algunos servicios públicos, tiene que padecer diversas dificultades a la hora de producir, transportar o comercializar su producción agrícola. “Si el campo fuera rentable habría muchos más campesinos produciendo alimentos”, agrega Velandia, que además recalca que la vocación del municipio que hoy representa es mayoritariamente agrícola.

En municipios como Chita, la problemática del campo, además de sufrir la falta de apoyo estatal, se acentúa por las dificultades de acceso vial, la escasa oferta de vivienda rural y la imposibilidad de suministrar agua potable.

Caso contrario es el de Caldas, en el occidente de Boyacá, que se está quedando despoblado. Su alcalde, Isnardo Alfonso Castellanos, asegura que esta no es una situación exclusiva de su municipio, sino que lo mismo está pasando con los demás municipios de sexta categoría, en los que la inversión estatal es mínima, y por ende escasean las oportunidades. Eso ha llevado a que los jóvenes prefieran partir a otras latitudes en busca de oportunidades.

A eso se suma la baja tasa de natalidad del municipio, pues según comenta el Alcalde, en Caldas nacen en promedio ocho personas al año. “Se gradúan 40 0 50 del bachillerato, que terminan yéndose del municipio para poder proyectarse”.

Caldas, que también tiene vocación mayoritariamente agrícola, se replantea cuál puede ser esa actividad productiva que haga atractivo al municipio para que así sus residentes decidan quedarse.

En la propuesta de anillo turístico del occidente, que han venido impulsando los alcaldes de esa provincia, encabezados por Wilmar Triana, alcalde de Chiquinquirá; están puestas las esperanzas de Caldas, que tiene la ruralidad y la religiosidad como bastiones del turismo local.

Caldas está situado apenas a 9 kilómetros de Chiquinquirá, lo que podría facilitar el turismo regional, por lo menos en dos municipios aledaños que además guardan similitud en materia de turismo religioso. A eso ha de sumársele la facilidad de acceso a otros pisos térmicos, al ser cercano a Pauna, Buenavista y Maripí, con la variabilidad de clima que eso implica y lo atractivo que puede ser algo así en términos de turismo. Sin embargo, la accesibilidad vial vuelve a atravesarse como obstáculo a este proyecto de carácter provincial.

‘Mi campo lee’, una alternativa para acabar con la migración a las ciudades

Uno de los principales factores motivacionales para la migración de población rural a las ciudades es la falta de oportunidades para estudio o capacitación. Especialmente entre los jóvenes, que en estos tiempos deciden abandonar el campo por el excesivo sacrificio que implica la tarea agrícola en comparativa con la recompensa, que en algunas ocasiones llega a ser inexistente.

Por eso un grupo de jóvenes, identificados como Juventudes Campesinas, ha decidido emprender la misión de llevar cuatro bibliotecas a igual número de zonas rurales en el departamento.

“La idea es cerrar brechas educativas o de acceso a la misma”, comenta Starling Moreno, uno de los jóvenes impulsores de esta iniciativa.

‘Mi campo lee’ llegará primero a los municipios de Sora, Gámeza, Chíquiza y Otanche, pues en dichos municipios la iniciativa ha encontrado el apoyo de jóvenes residentes que se comprometerían a buscar la permanencia de dichos espacios.

Algo que tienen claro las Juventudes Campesinas es que este proyecto va más allá de la adecuación de un inmueble para que funcione como biblioteca, sino que estas últimas tienen que tener vida, tienen que significar un auténtico involucramiento de las comunidades.

Cada una de estas bibliotecas llegaría a contar con un catálogo que albergaría entre 2.000 y 3.000 títulos literarios, que a su vez servirían para la formación en temáticas específicas o necesarias a cada una de las zonas en concreto. “La idea es hacer que los jóvenes no sigan migrando a las ciudades”, indica Moreno.

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