Chamizos y garabatos de Ilvar Josué Carantón

Obra de Ilvar Carantón

Por | Álvaro Neil Franco Zambrano

Álvaro Neil, escritor y docente. Foto | Archivo personal

Conocí a Josué Carantón en la década de los noventa, en la Uptc de Tunja; cuando el gran Abelardo Cabal pintaba con la sombra que persigue su cuerpo los cuentos de vampiros de  Andrés Caicedo en el muro de la Universidad, cuando se paraba en la cabeza y recitaba el camino que lleva hasta la verde Ítaca de Kavafis, y la gallada de Si Mañana Despierto se reunía debajo de un árbol de manzano a escuchar el mar de la infancia donde Ledo Ivo prendió la llama de su poesía; cuando el trío Palo Santo perfumaba con un Rayito de luna las noches de esta ciudad habitada por fantasmas; cuando nos íbamos para La Torralba, rodeados de niebla y de sueños, a visitar el espíritu montuno de Benny Moré, a poblar la soledad  de  Héctor Lavoe, sentada en el rincón de los recuerdos. Cuando Pedro Bonilla se convirtió en el capitán de la expedición cultural que nos llevó hasta las orillas de  esa leyenda llamada Mompox. Cuando desembarcábamos en el puerto de una ciudad sumergida en los misterios de los Muiscas. En ese entonces, Carantón me presentó el mar de siete colores con que Marguerite Yourcenar inmortalizó a Wang Fo. Desde ese día, las aguas del río que pasa por mi pueblo siguen desembocando en su amistad de tintos infinitos y líneas de fuga que persiguen la luz que calienta el alma de los páramos.   

Con ocasión de la XIII Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín, después  de veinte años, quedamos de encontrarnos en el Patio de las Azaleas del Jardín Botánico de esta hermosa ciudad, florecida de libros, donde di una charla sobre los ríos de la poesía; pero el destino quiso que nos encontráramos, mucho antes, en la sábana de nubes que sobrevuela el valle de Aburrá. Después de haber contado la historia de Dennis con los guarasapos en las playas de Piedra de Pato, de conversar sobre la Rapsodia de Saulo, y eternizar los instantes a través  de las fotos y mojar las palabras con una michelada, nos volvimos a despedir, tal vez por otros veinte años, como le ocurrió a Gardel; pero otra vez el destino nos encontró en los faroles del Homero Manzi, que iluminan de nostalgia los afanes de la calle Pichincha.

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En mi biblioteca de Tunja, un ají pimentón acompañado por un calabacín, acostados en un universo de ocre y en una franja manchada de violeta  iluminan las sombras largas de mis poetas preferidos, como memoria de nuestra amistad pintada por palabras que nacen en el corazón.  

Foto | Hisrael Garzonroa – EL DIARIO

Hace unos meses, asistí con asombro a su exposición titulada: Chamizos y garabatos. En la misma, me detuve una eternidad en sus trazos de duende donde  juguetea su espíritu de niño, en las nubes que a manera de frutos cuelgan de lo que a mi parecer es un guayacán amarillo rodeado por un cielo  azul como los que salían en mi infancia. Después me perdí entre el olor a vida de  unos troncos negros y unos bejucos grises, donde la lluvia de la tarde caecomo si fuera oro sobre las hojas secas, donde el brillo verde de los helechos danza con las gotas de lluvia.

Me interné hasta más allá de mi alma en su Bosque de guayabas, donde unos troncos bermejos contrastan con el azul profundo de un cielo movido por el vaivén de una suerte de espigas amarillas, el vuelo raudo de unas hojas rojas que semejan pájaros cardenales y unas ramas blancas  tal  vez venidas  del país de hadas donde sueña Quessep. El cielo de este bosque se va tornando, por la proximidad de una nación de nubes, de un azul blanquecino sostenido por los brazos firmes de los guayabos. 

Su cedro negro está iluminado por un vestido de hojas entremezclado de amarillo, naranja y rojo: mariposas revoloteando en la espesura de  la noche. Sus chamizos cobran vida gracias a un cielo que semeja  un azulejo caído entre la densidad del bosque donde anidan los páramos. Su valle interardino está habitado por relámpagos de violeta donde el Ave Fénix resurge, una vez más, de sus propias cenizas. La esencia de su bosque alto andino reside en el rocío y los cristales de una especie de azul aguamarina con corazón de lila que miran un tronco café con visos dorados gracias a la luz que se filtra en la espesura. Falta un vino rojo para acompañar el secreto de sus bosques de niebla.

Tunja, 15 de septiembre de 2021
Era de la pandemia

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