Borrachos en sano juicio

Por | Guillermo Velásquez Forero / El púlpito del Diablo / www.guillermovelasquezforero.com

Guillermo Velázquez

Hay gente tan necia, estúpida y con ganas de parecer imbécil, que creen que un borracho está en sano juicio. El ignorante que tiene esa creencia está peor de borracho que el beodo al cual estigmatiza, juzga y condena a la hoguera. Y le tienen miedo al vocablo, y por eso lo eluden o lo encubren (junto con los sicarios de la prensa que tienen el oficio de enmascarar la realidad con eufemismos), y dicen que la víctima de esa sustancia psicoactiva llamada alcohol está en estado de alicoramiento.

Es propio de tontos e ignorantes creer y esperar que alguien que cayó ebrio esté sobrio y lúcido, que utilice el juicio y la razón, que se comporte bien, que sea socialmente inteligente: decente, respetuoso, equilibrado, moderado, sensato, discreto, decoroso, encantador y linda persona.

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Los inquisidores que no tienen ni idea de qué es la embriaguez, deberían interrumpir por unos instantes su condición de analfabetas y leer en la realidad de la vida cotidiana, en la historia, en los hechos, en la literatura médica, los graves trastornos del comportamiento, la desintegración de la personalidad, las alteraciones de los sentidos, la discapacidad mental, psicomotora y articulatoria; la pérdida de la sensibilidad, el juicio y la razón; el despertar de la agresividad y la violencia asesina y suicida que produce ese veneno etílico. Un borracho es una trinidad: combinación perfecta de loco, bestia e idiota. Y no es un delincuente sino una víctima de una sociedad viciosa, hipócrita y de doble moral que se lucra de la fabricación, importación y venta del alcohol, y de manera descarada permite, publicita, promueve y fomenta ese vicio tan dañino y letal.

Los que han armado tanto escándalo porque el senador Álex Flórez estaba borracho y, en ese estado, tuvo un comportamiento inaceptable, deben primero juzgar y condenar el negocio criminal de la importación, producción y venta de bebidas alcohólicas. Los que expenden alcohol también son traficantes de una sustancia psicoactiva que atenta contra la dignidad, la honra, la salud física, mental y emocional y la vida de las personas; y que destruye la familia y la sociedad.

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