Bendición de las armas

Por | Guillermo Velásquez Forero / El púlpito del Diablo

Guillermo Velázquez

Los asesinos, mercenarios, verdugos y demás monstruos dedicados al oficio de la muerte, deben de ser favoritos de dios, apóstoles y aspirantes a santos, porque todos son bautizados, creyentes, devotos, y van a misa; es famosa la virgen de los Sicarios; así mismo, la virgen del Rosario es la patrona del ejército del cielo colombiano. Y habrá otros santos y deidades protectoras de los criminales, así como en la antigüedad había dioses de la guerra, que eran vampiros y exigían que les ofrendaran sacrificios humanos. La Biblia, en el Antiguo Testamento, menciona a Jehová, dios de los ejércitos; ahí mismo, denuncia que un tal Yahvé, dios de los judíos, protegió al primer criminal, Caín el fratricida, el asesino primigenio que inauguró la sangrienta Historia de la Humanidad. Así, desde el origen de las religiones, multitudes de criminales han matado a sus semejantes, en nombre de dios. Pero no sólo los títeres y zombis matarifes están benditos, también las armas reciben su bendición antes de ser utilizadas para matar niños, jóvenes, mujeres, etc. La iglesia católica está obligada a darles su bendición a las armas con que matan al pueblo, porque ese contubernio con el poder hace parte de su oficio de infundir el terror y ejercer dominación y manipulación del ser humano mediante el miedo a la muerte y al infierno. La Iglesia misma fue una organización criminal con ejército, torturadores y verdugos: son famosas sus guerras, sus antros de crueldad con máquinas y métodos de tortura, las hogueras de la Santa Inquisición donde quemaban viva a la gente, los exterminios que cometió, como el de los Cátaros, y sus miles de asesinatos de librepensadores, sabios, astrónomos y mujeres acusadas de ser brujas. Además, siempre ha sido aliada del fascismo, las dictaduras y los gobiernos de ultraderecha, porque profesa la misma ideología de esas maquinarias monstruosas, dirigidas por carniceros y vampiros dementes, dedicadas a destruir la vida, la dignidad del ser humano, los derechos, las libertades y la democracia. Un cura se convierte en acólito del Demonio, cuando funge como capellán de ejércitos, asesor espiritual de genocidas y cómplice de torturadores, asesinos y expertos en desapariciones. La Historia, que siempre ha sido escrita con la sangre de las víctimas, está plagada de evidencias de ese contubernio infernal entre la Iglesia y la organización criminal del Estado. Esos sicarios de dios, encubiertos bajo una sotana, han estado de parte del mal y del Diablo, como en la dictadura de Argentina, cuando justificaban el secuestro, robo de niños, tortura, asesinato y desaparición de miles de personas. Y en la Guerra civil española, donde no sólo daban la bendición y el cielo a la bestia carnicera de Franco y su sangriento ejército, cruel hasta la sevicia, cobarde e insaciable en la matanza, sino que participaron como coautores del genocidio. Amén  

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