Así fue el asesinato del gran mariscal de Ayacucho, General José Antonio de Sucre. “el más digno de los generales de Colombia”

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Puente de Boyacá. Foto | Hisrael Garzonroa

Por| Helman Ricardo Pérez Gallo

Helman Pérez Gallo

Han pasado más de ciento noventa años y aun hoy nos preguntamos, quién asesinó al Gran Mariscal de Ayacucho, General José Antonio de Sucre, quien era la persona más apreciada, entrañable y confiable para el Libertador Simón Bolívar; fue el primer presidente de Bolivia y héroe de la última gran batalla librada en América por nuestra independencia. Y, no me estoy refiriendo solo a sus autores materiales, sino aquellos, que así lo dispusieron. Los determinadores intelectuales de este abominable crimen.

Pero recordemos como ocurrió este infame hecho:

Regresaba el Gran Mariscal de Caracas, en un último intento, comisionado por Bolívar, en tratar de evitar la separación de Venezuela de la Gran Colombia, e hizo tránsito en Santafé de Bogotá para continuar a la ciudad de Quito, a reencontrase con su esposa Mariana Carcelén, Marquesa de Solanda, y su pequeña hija.

Solamente era acompañado por tres ayudantes; tomó la vía que, de Popayán, pasando por Pasto, lo conduce a Quito. Arriba el 2 de junio de 1830 a la posada el “Santo de Mayo” de propiedad de uno de sus futuros asesinos José Erazo, persona ella con quien esa noche Sucre departe y cena; allí descansa y prosigue su viaje, al término del día siguiente arriba, para descansar y pasar la noche, a la posada “La Venta”, causándole sorpresa al Mariscal encontrar allí al citado José Erazo, junto con los coroneles Juan Gregorio Sarria y Apolinar Murillo, oficiales estos de ya muy reconocida mala reputación.

Llegado el fatídico 4 de junio de 1830 prosigue el Gran Mariscal su viaje, y al pasar por la montaña de Berruecos, en un espeso bosque, en el sitio denominado “La Jacoba”, de la maleza gritan su nombre: “General Sucre”, y éste al buscar el sitio de donde provenía el llamado, salen cuatros disparos que acaban de inmediato con la vida de este distinguido héroe. Uno da en el corazón y otro en la cabeza; lo único que alcanzó a decir fue ¡Ayyy balazo! Sus acompañantes huyen acobardados, su cuerpo sin vida yace tirado en la tierra y sólo hasta el día siguiente regresan por su cadáver. Contaba con 37 años edad.  

Al enterarse el Libertador Simón Bolívar de este lamentable suceso, exclamó lleno del más espantoso dolor y asombro “…se ha derramado, Dios Excelso, la sangre del inocente Abel”.

Por mucho tiempo este atroz e injusto crimen quedó huérfano de responsables, y solo fue por azares del destino que se empezó a aclarar. La ocasión se presentó en la llamada Guerra de los Supremos, cuando fue detenido José Erazo, y su esposa creyendo, equivocadamente, que su aprehensión era por la muerte del general Sucre, cuando en realidad lo detenían por otra razón, empieza ella a escandalizar cuando a gritos dice que su marido no fue quien mató a Sucre, que quien realmente lo asesinó fue Apolinar Murillo, y muestra pruebas contundentes y concluyentes. Mensajes que dan la orden de asesinarlo y que comprometen seriamente, no sólo a este, sino a otros personajes de la más alta jerarquía militar del país.

Es capturado y llevado a juicio el Coronel Apolinar Murillo, quien efectivamente confesó ser el autor material del crimen, siendo sentenciado a ser fusilado, hecho que ocurrió ciertamente en la Plaza Mayor de Bogotá el 30 de noviembre de 1842 a las cuatro de la tarde, luego de ser degradado de sus grados militares. Se le conduce con los ojos vendados, se le sienta y amarra a un banquillo. Murillo a gritos repite y repite compungido y arrepentido una plegaria a Dios: “He sido muy pecador. Dios mío perdóname”. Y en ese preciso momento los fusileros disparan y las balas callan de sus labios las plegarias, su cabeza cae sobre el pecho. La justicia terrenal quedó satisfecha. Los espectadores se retiran, el cadáver yace y las campanas redoblan.

Previo a su ejecución Apolinar delata, señalando responsabilidades en la ejecución material del crimen al Coronel Juan Gregorio Sarria y al ciudadano José Erazo, quien era el propietario de la posada donde dos días antes de su muerte se hospedó Sucre. Fueron igualmente juzgados y condenados a la pena de muerte. Sentencia que no pudo hacerse efectiva dado que nunca fueron aprehendidos, ya que fuerzas muy poderosas los protegieron para evitar su captura. Revela Apolinar que igualmente participaron Juan Cuzco, Andrés Rodríguez y Juan Gregorio Rodríguez, todos ellos asesinados en oscuras circunstancias, días después del nefando crimen de Sucre, razones ellas por las cuales no fueron juzgados.

También juró previo a su fusilamiento, para dolor de Colombia, que el determinador y autor intelectual de tan injusto crimen fue el General José María Obando. Otrora oficial realista al servicio del Imperio Español, pasando luego a las filas ¡Patriotas! Y quien fuera vicepresidente en 1831 y presidente de nuestra Nación entre 1853 a 1857. Desde sus altas posiciones se defendió de todas las formas posibles e imposibles, y nunca pudo ser juzgado por su delito.

Con el correr del tiempo se evidenció claramente la participación también del General José Hilario López, igualmente presidente de Colombia y del General Juan José Flores, quien fuera el primer presidente de la Republica de Ecuador, y determinador, para desgracia de la Gran Colombia, de su separación.

Ellos pues fueron, sin lugar a dudas, los autores, tanto materiales, como intelectuales, del crimen del Gran Mariscal de Ayacucho, General José Antonio de Sucre, el hijo que nuestro Libertador Simón Bolívar hubiera deseado tener, era en sus palabras, “el más digno de los Generales de la Gran Colombia” era su heredero político y sucesor de su magna obra; y tal vez, si lo hubieran dejado vivir, el destino de nuestra América Latina sería distinto, lo más seguro seríamos un mejor país.

Nota: El por qué de las causas de su muerte serán objeto de nueva publicación.

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