15M Tunja: La suerte de no ser mujer en las protestas

Por: Julio Medrano

A nosotras dos iban a violarnos en los calabozos de la dictadura, noche y día.
Mariana Enríquez

Aclaro desde esta primera línea (que también es mi línea de combate), que soy padre de dos niñas, y no me considero misógino, que si alguna mujer allá afuera cree que lo soy, lance la piedra en mi cuenta de Twitter.

Las dos trincheras

Mujeres, niñas, ancianas, madres acompañantes, incluso con niños en brazos, miembros de comunidad Lgbtiq, y algunos hombres, realizan un plantón en contra de la violencia física y sexual por parte de la fuerza pública contra las mujeres en el marco del Paro Nacional. Estallan gritos de protesta. Pintura roja mancha las paredes del Comando de Policía.

Acorraladas tras vallas de policía, mujeres oficiales ponen su cuerpo para defender las instalaciones del Comando de la Policía Metropolitana de Tunja. Reciben escupitajos, pintura, hay denuncias en redes que dicen que excremento habría dado en las caras, que al día de hoy 16 de mayo tienen reacciones alérgicas según fuentes oficiales. Por más que fueron entrenadas entre grupos de hombres y podrán saber lo que es aguantar la hostilidad, pienso en que como cualquier mujer, también sufren.

Un objeto, al parecer un zapato, vuela hacia los policías, quienes amablemente lo devuelven también lanzándolo por los aires. Ese objeto, según los videos que he visto en redes, sería el Florero de Llorente que colmó la paciencia y dio rienda suelta a una ira reprimida que en Tunja había abstenido la fuerza policial durante 17 días.

Las protestantes son embestidas por una bestia verde, incapaz de contener su puño e ira. Las mujeres policías no están. Solo son hombres empuñando cruz y bolillo, quienes atacan con sevicia. Los robocops del Esmad sonríen, lo sé. Me arrepiento de mis cavilaciones defendiendo a las oficiales.

Con las manos y el rostro manchados de pintura y sangre, una niña corre tras un grupo de mujeres que huyen de los policías para esconderse en la Droguería Alemana de la carrera 11, frente a la Parroquia Santo Domingo. Allá las socorren otras mujeres con chalecos azules que dicen en la espalda Derechos Humanos.

Suenan las bombas aturdidoras. Todo se nubla. Solo quedan los gritos de madres, hijas y hermanas que buscan a sus familiares.

“El que está quieto se deja quieto”

“El que está quieto se deja quieto”, repiten quienes defienden a los policías agresores en el plantón feminista el pasado 15 de mayo, queriendo poner al mismo nivel una bolsa de pintura, con brazos y piernas ejercitados durante años y con el golpe seco de un bolillo en la cabeza.

Hay una obvia desproporción entre la fuerza bruta de hombres de 90 kilos, con armas a la cintura, entrenados para golpear y tirar al suelo a otros hombres, y, la fuerza de una mujer que, en este caso concreto, cargaba una bolsa de pintura, por mucho, porque la mayoría cargaba un cartel: “Cerdos violadores”, “Allison vive”, en apoyo a la menor de Popayán que sufrió aparente abuso sexual por parte de uniformados y luego decidió quitarse la vida, “Si tocas a una respondemos todas”, claramente en ese último mensaje no caben las oficiales.

Manipulando la sensibilidad del espectador

En una bajísima muestra de mísera sensibilización, la Policía Metropolitana de Tunja, expone a cinco uniformadas en un video de un minuto, para dar informe de lo ocurrido. La Policía omite los videos de agresiones contra las mujeres con bebés en brazos, menores, niños y niñas, quienes estaban presentes, las cuales fueron atacadas con total salvajismo. Omiten también que ninguna oficial salió, porque el trabajo sucio se lo dejaron a los hombres.

En el video una Coronel habla. Cuatro mujeres con la mirada perdida escuchan, dejan los brazos atrás. Firmes. Solo hay una con la chaqueta manchada de pintura.

“Somos hijas de esta tierra, somos madres, hijas y hermanas”. Dice la Coronel. Luego pasan imágenes de las protestantes lanzando pintura al edificio.

“No toleramos los comportamientos que no están ajustados a la norma, por los funcionarios de la Policía, por lo tanto las autoridades toman las acciones que a cada caso corresponda“. En esta frase última, reconocen que no fueron autorizados por la Administración de Fúneme, quien se supone, está a cargo de la Policía.

¿Por qué estas mujeres no se manifiestan en contra de las violaciones sexuales perpetradas por oficiales de la fuerza pública? ¿Por qué decidieron poner a mujeres a hablar cuando los pocos informes policiales de las protestas los han hecho hombres? ¿Acaso, en la Institución no tienen más voz hasta cuando les ordenan?

Siguen las horas y las denuncias se encrudecen. Las redes sociales se llenan de disputas entre quienes apoyan a las protestantes y a los que están con los policías. Quién tienen razón y quién no. Entonces pienso en las mujeres y hombres que han dado su vida en estos 18 días de protesta, y, veo con desaliento, la cobardía de un pueblo levantándose contra sí mismo, por los interese de unos banqueros estafadores.

La suerte, si se le puede llamar suerte a eso, está en que la fuerza pública alecciona a los hombres con una golpiza y un tiro en la nuca. A las mujeres las convierten en mercancía, en saco de boxeo, las violan y las tiran al caño.

¡Allison vive!

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